El efecto beneficioso de las naranjas | La Lupa

Real Zaragoza 3 – 0 Valencia

Dos derrotas consecutivas dejan tocado a cualquiera, y aunque una de ellas fuera contra el Barcelona, seguían siendo cero puntos obtenidos de seis posibles. Esa era la alforja que el Real Zaragoza presentaba antes del partido del sábado. Abriendo aún más el punto de vista, lo que se nos ofrecía ante nuestros ojos era un equipo en apuros, a tan solo dos puntos del descenso, con los rivales apretando, y con un incipiente ahogo en su sustancia. La gasolina de invierno parecía evaporarse por momentos, convirtiéndose, entre los devaneos de Gay y la poca colaboración de algunos jugadores, en una especie de gaseosa suplicante. No era nada halagüeño lo que se atisbaba, ni más ni menos que la visita del tercer clasificado. Para echarse a temblar.

Podían pasar varias cosas. La más temida era la que dicta la lógica, es decir, que el equipo grande se comiera al chico. También podría haber resultado un encuentro equilibrado que terminase en un empate sin sabor para nadie. Pero no, esta vez no. El Real Zaragoza se plantó en el campo bien asentado en todas sus líneas, y con un actitud consciente de la importancia capital de los puntos, se enfrentó al poderoso Valencia, un equipo al que no le ganábamos desde un nisesabe. Como si se trajera de tierras levantinas una especie de hechizo de fortuna, el equipo levantino ha sacado de nuestro campo, en los últimos tiempos, una rentabilidad excesiva para los méritos aportados, dejándonos aún peor la ya de por sí la mala leche que acumulamos normalmente los aficionados.

Esta vez fue distinto, desde un primer momento se vió una seriedad en los jugadores, y una intensidad que, si bien no eran suficientes para dominar el control del partido, si que servían para hacer frente al equipo naranja. Pieza fundamental resultó Roberto, el portero, pues sin sus intervenciones –nada fáciles- en la primera parte, el guión hubiese transcurrido de otra forma. Afortunadamente, el primer disparo serio que tuvo el equipo local, resultó hacia dentro de las mallas. Eso, y la expulsión de Zigic puso el partido de cara, y como no hay que olvidar las lecciones pasadas, por ejemplo, la del día del Atlético, el Zaragoza no se echó hacia atrás. Había que jugar con inteligencia, y así se hizo. Sin arriesgar, manteniendo las líneas juntas, con un Contini como siempre soberbio, y un Edmilson que, conforme va mejorando su forma física, va aportando más ayudas defensivas y más consistencia en el centro del campo.

Poco importa quienes marcasen los goles. Poco importa que Suazo no tenga suerte en La Romareda si tiene entretenidos a los defensas y eso propicia que entren otros compañeros. Poco importa si un jugador parezca torpe con el balón, si luego resulta que gracias a su entrega y a quien sabe qué, se convierte en una especie de talismán y en el máximo goleador del equipo. Importa el conjunto, la actitud constante, y el saber cómo jugar en cada momento. Este partido se ganó porque jugábamos contra un rival pragmático, experto en medir los tiempos de los partidos, un rival inteligente que supo leer lo que el Zaragoza le planteaba: nosotros necesitamos la victoria de forma perentoria, vosotros no, y encima no tenéis el marcador a favor, tenéis un hombre menos, y un compromiso europeo la semana que viene.

Aunque no es el momento para ello, da vértigo pensar en que acabamos de vencer por tres goles a cero al tercer clasificado de la liga, a un equipo que, a pesar de las bajas, sigue siendo solvente. Y se ha hecho sin mostrar fisuras y sobreponiéndose a un arbitraje atabalado. El vértigo viene tras intuir donde podría estar este equipo de haberse hecho bien las cosas desde el principio, de haber tenido una pretemporada en condiciones. Este equipo lleva un promedio de 1,5 puntos por partido en la segunda vuelta, suficiente para una temporada digna y con ilusión, algo que la afición se merece desde hace tiempo. Ahora, por los errores de antaño, seguimos, aún teniendo una plantilla solvente y un equipo competitivo, con la carga latente del descenso llameante en nuestros traseros. Hoy un poco más lejos, y con una nueva oportunidad contra un rival directo el próximo día, en casa. Es una ocasión muy, muy buena, para dejar de ser el primer equipo que ven los de abajo cuando miran a la permanencia. Pero también un hacha sin mango en caso de perder o empatar. Todo irá bien, si los jugadores y el entrenador le dan la misma importancia o más que a los partidos contra los equipos grandes.

Por Ron Peter

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