Un juguete roto | La Lupa

Sevilla 4 – 0 Real Zaragoza

Tras unos minutos de equilibrio, en el que se pudo ver algo parecido a un partido de fútbol, de repente, un fallo defensivo y un gol en contra. Eso, añadido a la inferioridad numérica en la que se tuvo que jugar a partir de entonces, fue suficiente para acabar con el Real Zaragoza. A partir de ahí, ya nadie creyó. Y eso fue el final.

Y así es, el equipo blanquillo se ha convertido en un triste terrón de azúcar que se disuelve en una tacita de agua. El antaño equipo emergente, compuesto por una mezcolanza de jóvenes promesas y de experimentados veteranos, se ha convertido en un conjunto frágil que no sabe afrontar la adversidad, y que recuerda a un juguete roto que ya no funciona.

Hace tres partidos, en mi última Lupa, la del partido contra el Valencia, hablé de los arbitrajes, y ya entonces pensaba que esto no había terminado. Siempre podremos decir que el equipo no funciona bien, que el entrenador no acierta, y que los jugadores bajan los brazos, pero hay que exponer las cosas como son, y lo cierto es que tienes que ser una jodida máquina inhumana para que no te descentren este tipo de actuaciones. Si en nuestro trabajo diario sufriésemos este tipo de arbitrariedades casi de continuo, no solo nos molestaríamos cada vez más, sino que acabaríamos haciendo mal nuestro trabajo. Y dirían de nosotros: “Fulanito hace mal su trabajo y lo del mobbing es una excusa”

Poco importa que la ración de hoy sea un penalti no pitado, una expulsión extraña y otra expulsión no pitada al rival. El daño principal ya venía hecho de antes. Con toda esta historia los jugadores se han vuelto inseguros, no confían en sus posibilidades, puesto que se encuentran, añadido a su propio déficit de calidad, con el desconcierto añadido ante los que aplican el reglamento.

Esa inseguridad, esa incertidumbre, se contagia a muchos aficionados, que llegan a pensar en que todo va a acabar de la peor manera. Y es que son ya tres años y medio luchando contra la amenaza del descenso, y salvándonos cada vez de forma más ajustada, hasta el extremo de llegar al imposible prodigio del año pasado. Parece como si ya tocara, como si tuviésemos ya que rendirnos todos, como admitiendo que el año pasado contrajimos una deuda con el destino, que hemos de pagar.

Pues no, habrá que levantarse y apoyar. Estamos cansados, pero habrá que luchar aunque lo estemos. Los primeros, los jugadores, que tendrán que empezar a sentir en clave de desesperación, y deberán pensar que aunque surjan contrariedades que parezcan imposibles de superar, se pueden superar. Hay que arreglar el juguete, reparando o parcheando, y competir hasta el final, y si luego se pierde porque viene un árbitro o se cae un helicóptero en el campo, pues mira, al menos que no se diga que no se hizo todo lo posible.

La situación está fea. Se ha abierto el melón de la sucesión de Jiménez, en un momento sumamente complicado, con pocas jornadas para terminar y con una dinámica, inducida o no, hacia abajo. Tres equipos tienen aún la patata caliente del descenso, pero están deseando pasársela al Zaragoza, a quien ven como una víctima ideal, y con quien tendrán que enfrentarse los tres. Pocos partidos quedan, y muy importantes, pero en estos tres será donde se darán y se quitarán las vidas.

Por Ron Peter

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