Aquella tarde de abril

Por Felipe Sánchez Anillo

Aquella tarde parecía tocado por los dioses, un héroe mitológico. Rico controla el balón con elegancia desde la banda derecha. El esférico cae manso, sumiso, como si le hubiera susurrado. El lateral filtra de inmediato un pase interior; uno, dos, tres botes… pienso “no va a llegar, no va a llegar, no va a llegar”. Tres segundos eternos y un cuarto bote que José Pablo García Castany aprovecha para, con la derecha y desde un ángulo imposible, batir a Miguel Ángel y confirmar que los dioses están de su parte. Era su tercer gol al Real Madrid de Santillana, Amancio o Pirri. Los pañuelos blancos inundan la grada, éxtasis generalizado. Habrá que esperar casi tres décadas para volver a ver a otro héroe troyano igualar esta proeza. Aquella tarde de abril de 1975 es la primera y última vez que veo llorar a mi padre. La grada salta, brinca; el “ocho” hace un gesto de furia y levanta los brazos al cielo, confirma su alianza divina, mientras, mi padre tiembla como un niño. Con apenas diez años, la imagen se graba en mi retina. Curtido en el duro trabajo del campo, de infancia difícil y pocas palabras, aquel hombre llora. Retransmitido por TVE para toda España, el Real Zaragoza aplasta al conjunto merengue por 6-1.

Nunca el olor del cesped mojado es tan intenso como cuando se es niño. Mi padre decía que los partidos comienzan siempre antes de la hora prevista y, en algunas ocasiones, nunca acaban. ¿Por qué si no García Castany sigue llegando a ese balón imposible? ¿Por qué si no sigo pensando que no va a llegar y, sin embargo, lo hace? Observar calentar a los jugadores es un ritual obligado y comentar la alineación con los vecinos de grada es casi una cuestión de buena educación. Por mí mismo aprendí que aunque el colegiado pite tres veces, la magia queda en nuestra memoria toda la vida, ligada a aquellos seres con quienes compartimos alegrías y frustaciones deportivas.

Pasaron los años y dejé de acudir a La Romareda junto a mi padre para hacerlo con un grupo de amigos. Entre éstos había una chica de ojos verdes, pelo largo y rubio: delgada y de aspecto frágil, casi de porcelana. Nos separaban tres asientos que me parecían una inmensidad, no obstante, seguía las costumbres de la buena educación y aprovechaba cualquier pretexto para acercarme a ella y comentar cualquier incidencia. Con apenas veinte años me recuerdo leyendo la prensa con ansia y casi memorizando la actualidad zaragocista con el único fin de tener algo que decirle. Fan incondicional de Jorge Valdano, la recuerdo con su bufanda siendo feliz celebrando los goles del ariete argentino. Mi suerte cambiaría una tarde de marzo de 1983. Había hecho los deberes y conocía al pie de la letra la actualidad blanquilla, sin embargo, la oportunidad vendría del cielo: llovía y ella no tenía paraguas. El R.C.D Espanyol visitaba La Romareda y confieso que no atendí a lo que ocurría sobre el cesped.

Valdano saca su alas para superar por el aire a la zaga catalana y con un fuerte testarazo hace el 3-1 definitivo, sin embargo, todos mis sentidos se concentran en la forma en que aquella chica, que parece de porcelana fina, me agarra con fuerza el brazo. Aquella cara encendida de felicidad la guardo entre las fotografías que siempre quise hacer y no pude. Valdano lo celebra, levanta los brazos, mira al cielo, abraza a sus compañeros; ella, tan emocionada como indiferente a mí, no pierde detalle del campo; yo, en cambio, solo tengo ojos para sentir su presencia, su tacto, su compañía.

Los partidos nunca acaban y éste aún lo jugamos. Fue el primero de muchos que veríamos juntos. Que lo que Valdano ha unido…

A sus ojos cambiamos radicalmente tanto yo como el ariete en cuestión meses. De fan incondiconal pasó, como buena parte de la afición, a abuchear y silbar al argentino con todas sus fuerzas al final de la temporada siguiente, cuando su marcha se daba por hecho. Con respecto a mí, ya no necesitaba de una tarde lluviosa y el ofrecimiento de un paraguas para sentarme a su lado, para verla a diario.

Noventa minutos de tensión y nervios. Una montaña rusa. Las botas de Higuera invitan a soñar, a creer en la victoria. Toda gran historia tiene protagonista y antagonista, y enfrete un inmenso y motivado Cañizares nos devuelve a la realidad una y otra vez. Apenas faltan cuatro minutos para el final. Un centro desde la derecha y el delantero celtiña Salva lanza un fuerte e implacable testarazo, ajustado al palo. Cedrún deja por un instante de ser un gigante para transformarse en coloso de genética felina. El vasco detiene un disparo imposible y miles de corazones zaragocistas respiran aliviados al unísono. La tensión llega al máximo en la tanda de penaltis, igualada hasta el final. Quinto lanzamiento para el Celta. Alejo coloca el balón. 60.000 espectadores abarrotan el Vicente Calderón y el sonido es ensordecedor. Dos gladiadores de la antigua Roma frente a frente, un instante para tomar una decisión: adoptar un ángulo de tiro; lanzarse a izquierda, derecha, permanecer en el centro; elegir la potencia; dar un paso adelante o continuar sobre la línea de gol… La derrota no es una opción para ninguno. Alejo coge carrera: una, dos, tres zancadas… y su disparo, mordido, flojo, centrado, es insuficiente para superar a aquel Polifemo que, para colmo, juega con dos ojos. Saltamos de alegría, nos abrazamos… El rostro de aquella chica de porcelana, ya convertida en mi esposa, se enciende como el primer día. Nota una patada en su vientre. “Parece que quiere salir él y tirar el penalti decisivo”. Ahora el encargado de colocar el balón sobre el punto fatídico es Higuera, jugador fantástico, casi de cómic. El duelo de gladiadores se repite con distintos protagonistas. El Paquete coge carrera desde bastante lejos, como si quisiera alejarse hasta ver lejano e insignificante a Cañizares. Casi diez pasos cortos para enfrentar aquel instante fatídico: todo o nada. El ariete apunta a su izquierda mientras el meta internacional vuela en dirección opuesta. Los zaragocistas rugen en la grada y aquellos diez primeros y cortos pasos se convierten en una carrera de éxtasis que acaba con el “10” encaramado en la grada del fondo.

Nuestro hijo llegó al mundo con una Copa del Rey bajo el brazo. Nació antes de lo previsto, un domingo 24 de abril de 1994, cuatro días después de vencer al R.C Celta en aquella final igualada y de dulce recuerdo. Tuvo prisa por llegar al mundo, como si no se quisiera perder la promesa espartana de Cedrún, quien, desde el balcón del ayuntamiento, aseguró que volverían al año siguiente, pero con la Recopa. Pasó más de una década, un tiempo en el que Nayim pateó una bolea que, tan perfecta como eterna, sigue viva en la memoria colectiva zaragocista; diez años en los que se conquistaron la quinta y sexta Copa del Rey, nuestro hijo se convirtió en un muchachillo, mi matrimonio se consolidó y la enfermedad se cebó con mi padre.

Diego Milito recibe el balón desde la banda derecha, en la misma posición desde donde, más de 30 años antes García Castany hizo su tercer gol al Real Madrid. Es un presagio. El argentino, con la agilidad de una gitana, recorta y tumba a Helguera. Centra demasiado fuerte. Cani, en la banda opuesta, recoge el esférico y con un toque sutil lo devuelve al área donde, con un gesto sobrenatural y toda su alma, el ariete remata y marca su tercer tanto. Aún faltarían tres goles más para acabar arrollando al conjunto merengue por 6-1.

Hacía dos meses que mi padre había fallecido, aquejado de aquella maldita enfermedad que borra los recuerdos más inmediatos. Unos años antes, cuando el Alzheimer se agudizó, aquel hombre mermado por una dura vida de trabajo, con mirada inocente y pelo cano, preguntaba cada fin de semana por qué no jugaban Lapetra, Canario, Santos y Marcelino y, en cambio, sí lo hacía Villa. A menudo seguía criticando y lanzando improperios contra Leo Beenhakker.

Aquella tarde mágica de febrero de 2006, tras acabar el encuentro, esperé a que la grada quedara vacía. Con el único sonido de los últimos aficionados que, alegres, abandonaban La Romareda, me dirigí hacia el lugar donde, treinta años antes, seguía los partidos junto a mi padre. Al rememorar aquella época volví a ver a Rico filtrando un balón desde la derecha. Como San Pedro, volví a negar tres veces que García Castany llegaría a ese balón. Sin embargo, allí estaba, lo alcanzaba y lograba un gol imposible. Con el estadio ahora en completo silencio, casi en penumbra, volví a ver a mi padre temblar y llorar como un niño. Deseé regresar a aquella tarde de 1975, aprovechar el griterío, el éxtasis y los pañuelos blancos de la grada, para abrazarle con todas mis fuerzas y susurrarle al oído esas dos palabras que por orgullo irracional nunca nos atrevemos a pronunciar. Le diría que su mente, traicionera, se atrofiaría, que quedaría atrapado en el tiempo, que seguiría preguntando por ‘Lobo’ Diarte tres décadas después; pero que no olvidara nunca que siempre estaría a su lado, tratando de ser felices, como esta remota tarde. Entonces, recordando que el olor a cesped mojado jamás es tan intenso como en la infancia, fui yo quien no pudo evitar llorar.

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