El espíritu justiciero

Por José Ángel Tejero Giner

Anselmo tenía un carácter complicado. Obsesivo, enamorado hasta el dolor de la justicia poética y con frustración permanente al reconocer que las buenas causas, a menudo no tienen buenos efectos.

Entusiasta de las causas perdidas, casi todas le habían salido mal, es lo que tiene rebasar la bondad por el carril exclusivo para bobalicones. Eso le había convertido en un individuo solitario, huraño y amigo de perpetrar tediosas discusiones bizantinas acerca de la merecida pero inexistente ecuanimidad de la justicia vital.

Con el paso del tiempo una de sus obsesiones le dio una solución tan extravagante como improbable a la que se abrazaba con fuerza para calmar su agitada alma y es que precisamente en ella confiaba como arma de la guerra que pensaba emprender contra cualquiera que fuera el injusto motor del orden cósmico, dios, las inaprensibles leyes del universo o los “Anunnakis” que a menudo citaba su idolatrado Iker Jiménez.

Su afición por los temas mistéricos, rayana a la obcecación había formado junto al fútbol, otra de sus monomanías, un estrambótico pero inofensivo cóctel sobre el que hacer planes para su postrera batalla, y el detonador había sido su enorme desilusión tras la derrota de su Real Zaragoza en la final de la Copa del Rey de fútbol del año anterior.

De hecho, dado su carácter, su reacción hasta podría haber encajado en algún tipo de lógica de lo absurdo. Había visto el partido decenas de veces y aquella falta dentro del área de los blancos era penalti y el árbitro lo había visto pero había decidido ignorarlo, movido por vaya usted a saber que mezquinas motivaciones, como también había ignorado la áulica prensa de la Villa y Corte el clarísimo fuera de juego que había permitido a Ronaldo marcar el único gol del encuentro. Y eso era inaceptable, era injusto y no lo iba a acatar como parte de las reglas del juego.

Tan convencido estaba de la injusticia y su derecho a obtener resarcimiento que su lunático plan le parecía infalible, así que la misma noche en la que su equipo volvió a conseguir el pase a la final de Copa, lo tenía todo planeado.

Se puso su bufanda, su gorro, su chándal y su anorak plagados de leones dorados y caminó hacia la avenida cercana. Por el camino recibió sinceras felicitaciones de muchos otros aficionados que después de tantos años de sufrimiento empezaban a salir del infierno en el que nos había sumido aquel cuyo nombre no debe pronunciarse y que era al zaragocismo lo que Lord Voldemort a la magia blanca. Apenas reaccionó ante los bienintencionados parabienes. Se paró sobre el bordillo y cantando para sus adentros el himno del Real Zaragoza se arrojó a las ruedas del autobús de la línea 24 que circulaba en dirección a Valdefierro.

De repente, como si despertara de un largo sueño abrió los ojos y se dio perfecta cuenta de que el plan estaba funcionando. Tal y como le habían contado en aquellos tediosos programas dedicados a insistir machaconamente sobre las experiencias cercanas a la muerte, ante él se mostraba un largo túnel con una brillante luz al fondo en la que parecían vislumbrarse figuras humanas. Hubiera ido allí, quizá más por curiosidad que por otra cosa, pero no podía ser, no podía irse, ahora que lo tenía todo previsto, no.

Se dio media vuelta y comenzó a alejarse de la luz. De pronto, sin tener clara conciencia de cuánto tiempo había pasado o cuánto espacio había recorrido, se encontró de nuevo en la avenida, junto a su cuerpo que yacía sin vida tapado bajo una sábana. Anselmo se acercó a los enfermeros y policías e intentó hablarles, tocarles, hacerse notar Pero nadie parecía escucharle o verle.

Anselmo miró nervioso a su alrededor y le vio, sabía que iba a estar ahí y que iba a ir a por él, no le gustaba que nadie se saltara sus normas. Tenía poco tiempo y debía huir de allí. Se concentró en el vetusto estadio municipal de La Romareda y de nuevo sin poder mesurar cuánto o cómo, se encontró en el centro del césped. Sonrió y volvió a concentrarse en su vivienda… y allí estaba.

Hasta ahora todo iba saliendo perfectamente, aunque sabía que no disponía de mucho tiempo antes de que los desconocidos poderes que jugaban con los humanos se hartaran y le pararan. Volvió a concentrarse e intento mover la silla, pero no había forma. Lo intentó una y otra vez sin resultado. Estaba frustrado. ¿De qué le servía haberse quedado en el mundo de los vivos si le era imposible interactuar? ¿Era el final del plan?

Oyó gritos, desgraciadamente conocidos. El vecino volvía con unos cuántos tragos de más y no parecía haberle sentado bien que su Barcelona hubiera sido eliminado por el Real Zaragoza, así que estaba dispuesto a descargar su ira contra su esposa indudable culpable de todo. Sin tener claro cómo, allí estaba Anselmo. Ella lloraba y él gritaba. Cuándo alzó la mano preso de la injusta ira, Anselmo intentó pararle sin resultado… el bofetón fue terrible y ahora era Anselmo el que estaba enojado por el inmoral atropello, así que cuándo volvió a alzar la mano luchó por agarrar el brazo del agresor y ésta vez, inesperadamente pegó un fuerte tirón que desequilibró a aquel salvaje.

Aquel individuo se quedó sorprendido, porque aunque ni veía u oía nada, lo había sentido. Pero estaba demasiado borracho como para parar o cuestionarse lo ocurrido, así que volvió a dirigirse hacia su maltratada cónyuge. Anselmo preso de la ira le empujó una vez, y otra, y otra más… el asaltante se serenó ipso facto y empezó a rezar a su virgencita con la arraigada moral religiosa que tienen los hideputas cuándo es su vida la que peligra. Anselmo o su alma o lo que quiera que fuera aquella forma de contener su conciencia estaba enfurecido. Combatir la injusticia, ese era el plan y estaba funcionando. Así que siguió golpeando al que había tornado en víctima hasta que lo arrinconó junto a la ventana, lloroso, mojado de su cobarde orina y presa del pánico, hasta que desconcertado se arrojó por ella…

Anselmo estaba feliz y sin ápice de remordimiento. Pero de pronto notó de nuevo la presencia y supo que él estaba de nuevo allí. Y esta vez no venía solo. Tenía que huir, tenía que superar el espacio y el tiempo hasta llegar a su objetivo. Dicho y Hecho.

Las gradas estaban llenas. El ambiente era festivo, la afición zaragocista estaba viviendo un sueño tras años de escarnio y soñaba con la revancha de la injusta derrota del año anterior. La afición merengue, tan prepotente como siempre, ya había hecho la correspondiente muesca en su revolver. No había rival.

El partido empezó bien para los blanquillos tuteando a un equipo cuya estrella cobraba más en un mes que el presupuesto anual del fútbol base de Aragón, pero pronto empezó a circular por vericuetos no por conocidos menos dolorosos. El trencilla de turno comenzó a pitar de forma sibilina, dirigiéndose por su nombre y dando amaneradas palmaditas cariñosas a los merengues cada vez que cometían una infracción y a la inversa, gritando, amenazando con tarjeta o mostrándola a los rivales, a los que mencionaba de forma poco afectiva como simples números.

El guion fue el previsto, anuló el primer gol de los aragoneses por un fuera de juego que solo el injusto juez vio y permitió a los defensas merengues tornar el deporte del balompié al balonmano hasta en dos ocasiones sin castigo alguno.

Y sin embargo, la primera vez que su rutilante estrella portuguesa sufrió un vahído en el área aragonesa pitó penalti de forma teatral y agresiva, como si le fuera la vida en ello. Fue largamente comentado el extraño efecto que la pelota tomó para acabar saliéndose a la derecha del palo, un efecto increíble que los aficionados zaragocistas no dudaron en atribuir a la Pilarica que indudablemente tenía más glamour que Anselmo, y no fue aún menos sorprendente el traspiés que impidió al cancerbero madridista atrapar un balón flojo y centrado que acabó colándose mansamente por el centro de la portería y significó el único gol del partido y el ansiado y merecido séptimo título de Copa del Rey para el Real Zaragoza.

La ciudad estalló de alegría y en el exterior del centro médico se oían los cánticos y la armonía de pitos y bocinas que narraban la épica aunque extraña y afortunada victoria. En la sala de televisión los enfermeros conseguían reducir a Anselmo M.G. que había sufrido un ataque alucinatorio al marcar el Zaragoza su único gol y ahora aún maniatado por la camisa de fuerza no paraba de repetir, dirigiéndose al Dr. Gómez:

– Ya da igual llévame a donde quieras Ángel de la muerte, ni tu ni tus esbirros habéis podido impedirlo, he hecho justicia, he cambiado las reglas. Ahora todos sabrán que no sois invencibles y que se puede luchar por quebrantar vuestro caprichoso criterio, aunque me cueste el infierno, aunque ya nunca pueda volver a la luz, he ganado…

Mientras tanto J. A. T. G. y R. F. C, ambos internos fijos del centro psiquiátrico de Zaragoza, comentaban con seriedad:

– Pues para mí que ha sido Anselmo. Me ha dicho que iba a echar el balón del Cristiano ese para la derecha del portero y justo…

– Y tanto. Y luego empujó al Iker… eso lo he visto yo con estos ojos… diga lo que diga el estirado del Dr. Gómez, respondió R. F.C.

– Anselmo no está loco, la verdad está ahí fuera, asintió con vehemencia su contertulio.

– Maldita conspiración judeo-masónica.

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