En recuerdo de todos los que lo hicieron posible

Por Sigfrido González Pardo

El 3 de noviembre de 1935, el estadio de Torrero lucía un aspecto fabuloso. Visitaba el campo local un Nacional de Madrid que no debía dar muchos problemas a un Zaragoza F.C., que caminaba cómodo y seguro de sus posibilidades en aquel Torneo Mancomunado que formaban las regiones de Castilla, Cantabria y Aragón. Silverio, desde su localidad de Lateral, observaba los movimientos de aquellos  jugadores que estaban protagonizando las primeras páginas de la historia del Club. El encuentro no pudo ir mejor para los intereses del cuadro aragonés; tres goles de Tomás, dos de Olivares y otro del defensa madrileño Serrano en propia puerta, concluyeron un marcador que redondearon los visitantes con el llamado gol del honor. La próxima jornada también habría que volver a Torrero, pero para eso quedaban todavía siete días.

Tomando ya la salida, se quedó un instante mirando su tarjeta de socio en la que venía impreso el número 633. Una magnífica cifra, pensó orgulloso. Al fin y al cabo, no estaba mal si tenemos en cuenta que aquella temporada, la masa social había crecido por encima de las tres mil quinientas almas. Algunas zonas de la grada estaban ya vacías, sin embargo, observó que en la zona de General, empezaba a apelotonarse un buen número de gente, con muchos niños y alguna que otra persona mayor. La diminuta puerta de Gol no parecía ser suficiente para engullir todo aquel personal que se agolpaba ya de modo más que nervioso en lo que parecía una caótica formación de embudo sin escapatoria. Junto a otros socios, se acercaron a los pasos de Tribuna para que los empleados abrieran las puertas y pudiera producirse una salida organizada. La negativa más absoluta fue la contestación que obtuvieron de los encargados de llevar a cabo dicha acción. Todo este revuelo, provocó finalmente un intento de invasión del terreno de juego, hecho que las fuerzas de asalto impidieron con su presencia más que inmediata. Entre las muchas gargantas que protestaban, sobresalía un hombre que con sus gestos y ademanes parecía además pedir auxilio con claros gestos de dolor en el rostro. Silverio se abrió paso entre la multitud, gritando -¡por favor, alguien necesita ayuda!  Efectivamente, en una de las esquinas, varias personas habían quedado apresadas y algunos de ellos presentaban golpes y magulladuras varias. Emilio, que así descubrió más tarde que se llamaba aquel joven al que rescató cuando empezaba a fallarle la respiración, se agarró a él y junto a otros, se dirigieron de nuevo hacia la valla, a la que arrancaron dos de sus listones.

Los ánimos se fueron calmando, y el campo fue desalojándose ya sin más dificultades que las airadas quejas y algún que otro lloro desconsolado. Ya con más tranquilidad, ambos se sentaron en uno de los bancos cercanos. A Emilio le dolía la rodilla, uno de los tobillos y conservaba todavía el rostro asustado que hacía escasos minutos reflejaba la angustia del que se sabe atrapado. Se acercaron a ellos algunos viandantes, entre los cuales reconocieron al gran Basilio Berdejo, que en 1923 había jugado con el escudo del Iberia en el pecho, en aquella mítica formación en la que se alineó junto a Ricardo Zamora, “el Divino”, por aquel entonces considerado el mejor portero del mundo. También responsables del Club, como los señores Irache y Alonso, a los que agradecieron su comportamiento, dando la cara en los peores momentos de confusión.

Por supuesto, Silverio se ofreció a llevar a Emilio a su casa. Éste, apenas podía dar un paso en condiciones. Fueron charlando animadamente durante todo el trayecto, parándose de vez en cuando para recuperar el resuello. Tenían prácticamente la misma edad, y en aquella hora larga, les dio tiempo a repasar de paso y por cortesía, nombres, apellidos, profesión y situación familiar y, detenidamente y con pasión desmedida, resultados, jugadas, futbolistas, altas, bajas, entrenadores, perspectivas e ilusiones en torno a su Zaragoza. Revivieron con todo lujo de detalles el dubitativo inicio de temporada y las dos derrotas iniciales por la mínima. A partir de ahí, seis victorias, seis, frente a equipos como el Valladolid, Atlético de Madrid o Racing de Santander, y un redondo 2-0 frente al Real Madrid. El equipo se había colocado segundo, y de ganar el próximo encuentro, se encaramaría al liderato con total probabilidad, -¡y justicia!, gritaron al unísono.

Llegaron a la altura del número 8 de la calle Gil de Jasa. Emilio insistió en que subiera a tomar un café y a conocer a su mujer, Rafaela, pero Silverio desistió con sinceridad por tratarse ya de una hora intempestiva. Quedaron en que volverían a verse. Se dieron un abrazo emocionado, no faltaron los agradecimientos reiterados y se emplazaron para el siguiente partido. Ese mismo día, Silverio escribió una carta de protesta a Don Felipe Lorente, en aquellas fechas Presidente del club, y al cual se dirigió con la fórmula de “estimado consocio”, por aquello de remarcar su común situación de aficionados, por encima de otras consideraciones. En respuesta a la misma, recibió otra misiva en la que el Sr. Secretario, Don Ricardo Forniés, agradecía las observaciones y se ponía a disposición, clarificando que “con respecto a lo que nos indica de la salida de Gol, hemos de hacer presente a Vd. Que habiendo sido ya objeto de la atención de esta Junta las dificultades que para la salida de los Sres. que ocupan dicha localidad se ocasionaban debido al aumento que ha tomado el número de socios, ya teníamos dispuesto las reformas necesarias para solucionarlo, pero que debido a lo continuado de los partidos en estas fechas, no había sido posible llevarlo a cabo hasta esta semana.”. Una disculpa y un rimbombante “somos los primeros en lamentar esta cuestión que esperamos no afecte a nuestros estimados asociados, propagandistas incondicionales del Zaragocismo que entre todos hemos de hacer extender y perdurar”, daba fin al folio en el que figuraba un escudo a todo color, con león rampante sobre fondo rojo, enmarcado por un triángulo bordeado en negro y amarillo.

10 de noviembre de 1935. Día de partido. Silverio esperaba a Emilio en una de las puertas de Torrero. Había llegado ex profeso con algo más de antelación. Se avecinaba una buena tarde de fútbol y había que ir degustando el sabor del humo de uno de aquellos puros que le acompañaban todos los domingos y que había que encender de un determinado modo, con el fin de componer convenientemente una de aquellas supersticiones de código balompédico. Vio llegar a Emilio, que parecía ya físicamente recuperado del triste incidente, luciendo una magnífica sonrisa y con la clara intención de mostrarle algo en cuanto llegara a su altura. –Amigo, espero que te agrade lo que voy a enseñarte. No ha sido fácil, quizá te parezca inapropiado, pero he visitado las oficinas y aquí tengo mi nuevo carnet de socio, hizo una pausa, rio nerviosamente,… ¡en tu zona!, continuó riendo. Y así fue como se inició aquella amistad que prometía ser duradera. Sin ir más lejos, estrenaron ese mismo día su particular casillero de victorias con un contundente 6-0 ante el Stadium Avilesino. Conforme se iban sucediendo los goles, la complicidad entre ellos aumentaba. Primo, Amestoy, Tomás y Olivares en tres ocasiones, provocaron que prometieran quedarse siempre en el mismo lugar. Casualidad, buen momento o capricho del destino, lo cierto es que desde que mantuvieron conjuntamente espacio y localidad, no conocieron la derrota como espectadores locales. Corría el 31 de mayo de 1936 y ni en liga, copa, o liguilla de ascenso, consiguió ningún equipo hacer bajar los brazos a un potente Zaragoza. La Primera división había sido alcanzada.

Fueros meses de buenos momentos, de compartirlos también con sus respectivas familias. Aunque ideológicamente dispares y con pensamientos contrarios en muchas facetas de sus vidas, descubrieron que el fútbol, y el amor por unos colores, podían ser más fuertes que cualquier otra cuestión. Las tardes en el estadio de Torrero ya no volvieron a ser las mismas para ellos, los comentarios sobre la alineación, la manera de celebrar los tantos, los abrazos, las discusiones también sobre el juego desplegado o la idoneidad de cambiar a tal o cual jugador. Todo ello formaba un universo único que se vivía en el durante, en el antes y en el después.

Pero todo aquello se truncó. Estalló la Guerra civil, y se lo llevó todo por delante, absolutamente todo. Ya no hubo risas, ni vida, ni fútbol. Solo muerte, exilio, desolación y miedo, y el duro trabajo de olvidar, la rabia, las delaciones, las dos Españas.

El 24 de julio de 1938, volvió el fútbol a Torrero en forma de amistoso. Silverio se acercó al campo, esta vez sin puro, con gesto triste y cabizbajo. Sin mucha ilusión, y recordando las tardes de domingo anteriores al conflicto. La comunicación con Emilio se había perdido a las pocas semanas del estallido bélico. Nadie había quedado en la vivienda, ningún vecino conocía el paradero de los del tercero, y las preguntas e insistencias no eran bienvenidas. En enero del 39, el Zaragoza F.C., le endosaba diez goles a la Sociedad Deportiva Huesca, en el estreno del campeonato regional. Seguirían otras dos victorias ante el División 105, y otra más frente al Recuperación. A ninguna de ellas se presentó Emilio.

Tras el largo verano, todo tendía a normalizarse, aunque fuera de modo artificial. Y el fútbol no iba a ser menos. El Zaragoza estrenaba temporada en primera división ante el Celta de Vigo. A la finalización del partido, Silverio se fijó en un muchacho con porte desgarbado y pelo ensortijado, que le recordó a su añorado amigo. Con escasa convicción se acercó a él y le preguntó si por casualidad conocería a un tal Emilio, que vivía con su mujer, en Gil de Jasa.

-No sé, pensé que podría saber de él, le da usted un aire…-,

-No,no,… no conozco a ningún Emilio. Lo siento señor, balbuceó con cara de sorpresa.

Pasaron quince días de aquel episodio, y en la visita del Atlético Aviación, aquel muchacho que días antes se había visto sorprendido por la pregunta de Silverio, se acercó a él en el descanso y le entregó un papel. En el mismo, figuraban varias líneas escritas a mano en las que podía leerse el nombre de Emilio, seguido de una dirección de la francesa ciudad de Oloron. –Es mi tío, añadió. Le manda recuerdos y un abrazo emocionado. No le puedo decir más. Y tal como vino, desapareció entre el público. Silverio lo comprendió todo.

El 10 de enero de 1940, Monsieur Emilio recibía una carta en su modesto domicilio a orillas del Aspe. En su interior, media cuartilla y entre otros, un mensaje corto y directo. –Amigo, amigo…, el domingo le ganamos al Barcelona, ¡somos líderes de la primera división!, ¡quién sabe si alcanzaremos el campeonato!…

Silverio y su amigo jamás volvieron a verse, nunca más supo el uno del otro. Pero ambos se recordaron desde sus respectivos destinos hasta el final de sus días, aquellos en los que Torrero olía a puro, victorias y amistad.

El 18 de marzo de 1962, y en conmemoración del 30 aniversario del por entonces ya Real Zaragoza Club Deportivo, se erigió una modesta estatua frente a las puertas del Estadio Municipal de La Romareda. Dos hombres fundidos en bronce y en un abrazo sincero. “En recuerdo de todos los que lo hicieron posible”,… a mi tío Emilio y a su amigo Silverio.

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