Grabado a golpe de…boli

Por Elena Navarro Asensio

—Desde luego que lo traemos por la educación, porque si es por las instalaciones…más bien parece un colegio salido de una de esas películas de miedo que tanto te gustan a ti, de serie Z por lo menos.

Y a Elena, como buena aragonesa, no le hacía ni pizca de gracia tener que tragarse el orgullo y darle la razón a su marido, pero sí, era verdad, el colegio al que iban a llevar a su hijo estaba digamos…un poco obsoleto, “vintage” que llaman ahora los modernos. Lo que pasaba es que, quizá por la nostalgia, a ella no le resultaba tan chocante, pues unos cuantos años atrás, ya más de los que le hubiera gustado, había recorrido aquellos pasillos, aguantado a los mismos profesores —ahora un poco más mayores y quemados si cabía—y comido la misma comida “tan rica” que siempre, siempre, le dejaba con hambre; pero, a pesar de los defectos estructurales, la educación impartida era de las mejores, y por eso habían elegido el antiguo cole de mamá para llevar a Leo, porque, como dice el refrán, “más vale malo conocido que bueno por conocer”.  Así que como en una máquina del tiempo ahí estaban, de tour por clases de techos altos, tarimas de madera, pupitres con tintero y algún crucifijo descolorido en las paredes, ¡ah, qué recuerdos! Tantos que, por la emoción o los nervios de que no la reconociera nadie en la foto de graduación —ya se sabe el daño que hicieron los noventa, y más en una adolescente—, a Elena le empezó a pedir el cuerpo urgentemente un lavabo, y recordó que en situaciones un poco extremas acudían a unos baños exclusivos para el profesorado, en los que la limpieza estaba más presente que en los comunes. Con la tranquilidad de que si la pillaban no la castigarían, y tras despegarse sutilmente del grupo, comprobó aliviada que aún seguían en su sitio los excusados en los que tantas veces se habían escondido o refugiado cuando el cierzo o la niebla eran los protagonistas absolutos en el recreo; pero la sorpresa aún fue mayor cuando descubrió seguía conservándose el legado pictórico que ella y sus amigas se dedicaron a dejar para la posteridad en la puerta de madera de dicho baño, eso sí, grabado muy artísticamente a golpe de bolígrafo. ¡No se lo podía creer! Lo cierto es que eran un grupo de chicas un poquito raras…o diferentes, que suena mejor, pues no seguían la moda hablando de actores, ni de cantantes con voz aflautada ni de presentadores que más tarde saldrían del armario, no, ellas hablaban, recitaban, suspiraban y soñaban con la plantilla de su adorado Real Zaragoza, y ¡bingo!, ahí estaba, cual lista de los Reyes Godos. Sí, igual que en la memoria de todo buen zaragocista y aficionado al fútbol, perduraba en la puerta del lavabo parte de aquel “dream team” que las volvía locas de adolescentes y cuyos miembros no hacían más que canturrear todo el día, imitando incluso los coros del público: Belsué, Solana, Aguado, Aragón, Poyet, Pardeza, Cedrún…ah, sin olvidar a  Esnáider, que éste las volvía locas en todos los sentidos, y más después de que a una de ellas, en un partido de baloncesto, le hubiera firmado un autógrafo muy amablemente. Ni el famoso Delorean de “Regreso al futuro” podría haberla transportado mejor a sus años mozos, y es que en un instante le vinieron a la mente un montón de momentos felices que aquel equipo le había hecho pasar, aunque también, por supuesto, algún disgustillo. Se tocó la hernia del ombligo con cariño recordando que le había salido celebrando —o se había dado cuenta por primera vez— los tantos de una goleada en la Copa del Rey, un miércoles de mucho frío, cuando por el módico precio de 500 pesetas iban a la Romareda a animar en directo a su equipo. Recordó también los saltos que dio cuando el famoso gol, el mejor regalo que pudo recibir al día siguiente en su cumpleaños, cuando toda la clase, bueno, prácticamente todo el colegio, acudió con las caras pintadas, las bufandas bien agarradas al cuello a pesar de ser mayo y los ojos rojos de la emoción; ningún profesor se atrevió a reprimir nada de aquello, y muy al contrario, fue un día de fiesta tanto para futboleros como para los que no sabían ni cuántos jugadores salían al terreno de juego.

Con qué pasión lo vivían, qué ilusión cuando retransmitían algún partido por la televisión…pero un leve sonido empezó a salir del bolso y le hizo despertar de sus sueños,  aunque antes de contestar al móvil pensó que ya era hora de cambiarse la sosa melodía que llevaba por el himno del Zaragoza.

—Cariño, ¿dónde te has metido? Esto ya se ha acabado y estamos en el salón de actos tomando algo parecido a un “vino español”. Ven, por favor, que Leo te reclama, ¡y yo también!

Pobre Leo, le reclamaba…¿Leo? Entonces, al nombrar a su hijo, le vino  a la mente una promesa que no habían cumplido ninguna de la pandilla zaragocista, y es que tras el golazo, todas juraron  y perjuraron que a su primogénito varón le llamarían Nayim, ¡y nadie lo había hecho! Bueno, quizá viéndolo en la actualidad era un poco excesivo, pero el sentimiento de corazón y las hormonas de la juventud es lo que tienen. En cualquier caso, lo apuntaría en su lista de cosas a realizar por si tenía otro hijo y demostrar de nuevo que, como buena aragonesa, cumplía su palabra.

—Y bien, ¿qué os ha parecido?
—Sinceramente, viéndolo al completo no está tan mal, con una mano de pintura y unas reformas por aquí…
—¿Pero qué dices? Me negaré en rotundo a que lo reformen, que no sabes qué joyita he encontrado en un lavabo: el testamento de mis tiempos de ferviente zaragocista permanece en su puerta, y además de la alegría me ha hecho pensar que ya sé qué quiero para mi cumpleaños.
—Ay, Dios, que te veo venir…
—No es nada malo, sólo un abono de fútbol para la próxima temporada, uno familiar, que quiero que Leo se empiece a aficionar y a sentir los colores de su ciudad. Hasta ahora teníamos el tema muy abandonado y me hace mucho duelo, ¡con lo que yo he sido!
—No sabía que fueras tan forofa.
—Sí, y no sólo yo, también Eva, Amaya, Begoña…vivimos los mejores años de nuestro equipo y parece que ahora, como no le ha ido tan bien, ya no haya que apoyarlo, y eso está  fatal. Desempolvaré mis bufandas y haga viento, niebla, un solazo que nos abrase o llueva torrencialmente, a la Romareda que acudiremos.
—Entonces…aúpa el Real Zaragoza.
—¡Aúpa! Y por cierto, cariño, eso de tener otro hijo…sigue en pie, ¿verdad? Porque si es niño ya tengo el nombre, que esta vez me toca elegir a mí. Siguiendo con la tradición y retomando mi vena futbolera sólo te adelanto que, al igual que el nombre de Leo, es el de un futbolista famoso, pero tranquilo, que ya verás cómo te va a encantar, aunque,  sírvete otro vino,  que quizá lo necesites.

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