Mama. Me voy a ser feliz

Por Ricardo Barrena Gutiérrez

16 de Marzo de 2004. Hospital Clínico de Zaragoza.

El monótono pitido del electrocardiograma rompía el sepulcral silencio de la habitación de la UCI. Pitido que devolvía a Carlos a la realidad y le recordaba que lo vivido días antes, el día 11, no había sido un sueño.

Carlos no tenía que haber estado allí. No era su ciudad. No eran sus trenes. Pero aquella visita puntual a Madrid para ver el partido en el Bernabéu y, de paso, visitar la capital aprovechando la semana de vacaciones que había pedido de cara a la final del día 17 le cambiaría la vida drásticamente. Carlos estuvo en Atocha la fatídica mañana del día 11. Un enorme destello, una fuerza desconocida que le levanta del suelo y oscuridad. Oscuridad total.

Carlos fue sacado medio muerto de aquel infierno. Varios policías, de los primeros en acudir, lo cogieron y lo metieron en un taxi que lo llevo a toda velocidad al Hospital Gregorio Marañón. Quizá por eso todavía seguía con vida.

Tras la primera intervención en Madrid, aprovechando una leve mejoría, fue trasladado a su Zaragoza natal. Pero las heridas seguían siendo graves. Demasiado graves.

Su madre le devolvió a la realidad.

– Mira Carlos, ha venido Pablo a verte- le dijo.
-¿Qué tal estas socio?- Le dijo un sonriente Pablo que intentaba, no con demasiado éxito, disimular su preocupación con una falsa sonrisa.
-Bueno, he estado mejor- contesto Carlos con cierta ironía.
-Oye mañana nos vamos a arruinar a meter monedas en la tele esta para ver mañana la final- comentó Pablo cambiando de tema e intentando distraer a su amigo. -¡Mira que si llega a haber prorroga!

Carlos miró a su alrededor aun sabiendo que estaban solos y hablo con voz baja.

-¿Sigues teniendo las entradas?
-Si claro. Después de estos días no he tenido tiempo ni ganas de ofrecérselas a nadie – respondió Pablo sin saber muy bien que quería decir su buen amigo.
-Pues sigue teniéndolas.

La tos interrumpió bruscamente a Carlos. Las graves heridas aparecieron para recordarle que ya había hecho demasiados esfuerzos.

-Carlos hijo, acuéstate y descansa. Ahora voy a llamar a la enfermera- Comentó su madre a la vez que recostaba a su hijo y llamaba a la enfermera con el pulsador situado en la cabecera de la cama.

La dosis de analgésicos había hecho su efecto y, tras dormir unas pocas horas, ahora se encontraba mejor.

Pero Carlos seguía preocupado. Más que por sus heridas porque mañana era la final. El Real Zaragoza, su Real Zaragoza, jugaba al día siguiente jugaba la final de la Copa del Rey. En su mente, como una colección de diapositivas, pasaron imágenes de como se había llegado a esa final: Aquel partido de primera ronda que habían ido a ver a Miranda de Ebro, aquel golazo de Galletti en Salamanca, el hat-trick de Drulic ante el Betis, aquella victoria por 0-1 en el Camp Nou y los nervios que pasaron en el partido de vuelta hasta que Yordi, de un zapatazo, metía al Real Zaragoza en semifinales. También recordó aquella visita a Mendizorroza en semifinales en la que tuvieron que salir escoltados por la Ertzaintza y, como no, el partido de vuelta no apto para cardiacos en el que el Real Zaragoza se metía con ciertos apuros en aquella final.

Siempre con Pablo. Un binomio inseparable. Carlos y Pablo. Pablo y Carlos.

El destino enfrentó al Real Zaragoza en la final con el todopoderoso y galáctico Real Madrid. Pero eso daba igual. El Real Zaragoza había llegado a la final y había que estar ahí. El sitio y el rival, eran lo de menos.

Recordó también lo que había costado conseguir aquellas entradas en aquel reparto injusto. Horas y horas de fila. Horas de nervios. Hasta que por fin las consiguieron. Sin tiempo a asimilar que tenían ya las entradas abandonaron rápidamente las taquillas rumbo a la estación delicias a por los billetes de AVE para el día 17 por la mañana. Tenían las entradas y tenían los billetes de tren. Parecía que la asistencia a aquella final estaba más que confirmada.

Carlos se retorcía en su cama. No tanto por el dolor si no porque no podría estar allí viviéndolo. Pablo, en un alarde de generosidad enorme, había decidido que vería con él la final en la televisión de aquella habitación de hospital con su amigo. Pero no. Para Carlos esto no servía.

-Necesito un milagro- pensó Carlos. -Y solo hay alguien que pueda llevarlo a cabo-

Aguantando el dolor se levantó de la cama. Agarro su gotero y, como le dijo a su madre, se fue a dar un pequeño paseo. Pero esas no eran sus intenciones.

Carlos acudió a la pequeña capilla. No era demasiado religioso pero en aquellas circunstancias solo podía agarrarse a eso. Debía de intentarlo.

Entro en la capilla. Estaba solo. Se situó en primera fila. Enfrente una imagen de la Virgen del Pilar. Carlos la miró detenidamente. Poco a poco sus lágrimas empezaron a salir de sus ojos y deslizarse por su rostro.

-Por favor, solo este partido. Solo te pido este partido-

La mañana del 17 de Marzo amaneció pronto en el hospital. Carlos había estado dándole vueltas a su plan toda la noche. Pero, más que pensar, solo hizo que reafirmarse en lo que ya tenía planeado.

Carlos se hizo el dormido cuando vio que su madre lo dejaba solo unos minutos para bajar a desayunar a la cafetería. Ese era el momento.

Se levantó de la cama. Apretó los dientes aguantando el dolor y se vistió. Se metió una caja de analgésicos en el bolsillo y colocó una almohada encima de la cama y la tapó. Encima de la cama puso una pequeña nota.

“Mama. Me voy a ser feliz”

Acto seguido envió un SMS a su amigo Pablo “A las 11 en la estación de tren. Coge entradas y billetes. No faltes. Nos vamos a Montjuic” Tras esto, apago el móvil.

Abandonó el hospital con rapidez y disimulo. En la puerta cogió un taxi que en pocos minutos lo dejó en la estación.

La estación delicias parecían los prolegómenos del partido. Gente, canticos, banderas y bufandas.

Pronto diviso a Pablo quien todavía no entendía lo que pasaba.

-¿Estás seguro de lo que quieres hacer?, En tu estado es una locura.-
-Pablo, por favor- dijo muy serio Carlos mientras miraba a los ojos a su amigo y lo cogía del brazo. –Por favor-.

Juntos se dirigieron al andén. Carlos trago saliva. El 11-M todavía estaba reciente para todos y más para él. No pudo evitar que las lágrimas asomasen por su rostro. Aunque no recordaba nada de lo ocurrido la semana anterior sabía que había sido real. Sabía que había muerto tanta gente. Y quizá tampoco había terminado de asimilar porque estaba vivo.

Cualquier psicólogo hubiese considerado una locura el volver a montar en un tren teniendo tan reciente aquello. Las heridas psicológicas, aunque sin saberlo, estaban ahí. Aquella iba a ser una terapia de choque bastante fuerte.

Pero Carlos tenía la mejor medicina para este problema: su zaragocismo. Aquel zaragocismo capaz de mover montañas. Aquel zaragocismo sincero, de corazón.

Carlos rebosaba de zaragocismo y de ilusión. No iba a perderse aquello por nada.

El tren llegó por fin a aquel andén rebosante de zaragocistas. Los canticos retumban por toda la estación. Carlos miró a Pablo y exclamo con una sonrisa cómplice:

-¡Nos vamos a Montjuic!

 

El viaje a Barcelona fue fugaz. La enorme rapidez del AVE los traslado a la ciudad condal en menos tiempo del que dura un partido.

Carlos aprovechó el viaje para dormir. El potente analgésico que había tomado le calmó el intenso dolor y aprovecho para dormir.

La estación de Sants estaba en plena ebullición. Carlos le pidió a Pablo ir a un sitio tranquilo para descansar hasta la hora del partido. Pablo accedió.

Estuvieron en un tranquilo parque hasta que llegó la hora. Entonces, Carlos y Pablo se dirigieron hacia la Plaza de España donde estaban los autobuses que subían al estadio.

Los dos amigos se mezclaron con la afición zaragocista que copaba aquella zona y llenaba el ambiente con sus cánticos y bufandeos. Pero Carlos y Pablo iban en silencio. Tan concentrados en la final que parecía que iban a ser ellos los que la iban a jugar. Concentrados pero rebosantes de ilusión.

En pocos minutos llegaron. Montjuic se presentaba ante ellos como el final del camino. Ambos amigos se miraron y con una mirada cómplice entraron al estadio, buscaron sus localidades y se sentaron.

Ya estaban allí. Lo habían conseguido. Carlos, aunque haciendo grandes esfuerzos para aguantar el dolor, lo había logrado. Lo iba a dar todo.

La afición zaragocista era menor en número pero no en calidad. Pronto la grada empezó a rugir como lo hacía en las grandes ocasiones.

El Real Madrid se adelantó con un magistral zapatazo de Beckham. –Empezamos bien- espetó con cierto desánimo Pablo. La grada no solo no se calló si no que se vino arriba aún más. Montjuic rugía al son que marcaba el león zaragocista.

Pronto vino la locura con el empate de Dani. Y, poco antes del descanso, el éxtasis con el gol de penalti de Villa.

-¡¡Goooool!!- grito con todas sus fuerzas Carlos mientras se atragantaba con la tos.
-¿Estas bien?- le espetó Pablo con cierta preocupación.
-¿Qué si estoy bien? ¡¡Hacía mucho que no estaba tan bien!!- le respondió mientras se fundían en un abrazo.

Así se llegó al final del primer tiempo. Carlos aprovechó para recolocarse el vendaje que se le había despegado un poco y tomarse otro analgésico. Mientras, vio como un periodista entrevistaba a Pablo. Carlos, sin dudar, rebosante de orgullo y zaragocismo, agarro el micrófono y exclamó con toda seguridad

-¡Esta final es nuestra!, ¡Esta Copa es nuestra y no nos la va a quitar nadie!

Se inició la segunda parte. Pronto las cosas se iban a complicar y a los dos minutos Roberto Carlos, en el lanzamiento de una falta, puso de nuevo el empate en el marcador.

-¡Que poco dura la alegría en casa del pobre!- exclamó Pablo con cierto pesar.

La grada nuevamente volvió a rugir. La arenga que minutos antes había exclamado Carlos en aquel micrófono parecía haber calado en la afición zaragocista. Carlos, sobreponiéndose al dolor, gritaba y animaba como nunca.

-¡Vamos Zaragoza!, ¡Vamos campeón!

El partido continúo. Tan abierto que era difícil saber quién se llevaría la final. Los minutos pasaban y el empate seguía fijado en el marcador.

Hasta que en el minuto 5 de la segunda parte de la prorroga Galletti, de un potente disparo, adelantaba de nuevo al Real Zaragoza.

-¡Goooool!- gritó Carlos con todas sus fuerzas. Sintió un dolor tan que parecía que le habían partido en dos. Pero a él le daba igual. -¡Pablo la final!, ¡Aquí está la final!

Lo que quedaba se iba a hacer largo, muy largo. El gol anulado al Real Madrid poco después hizo que los dos amigos cayesen a sus localidades como dos marionetas a las que les cortan los hilos.

Carlos cada vez se sentía peor. Ya no sentía un dolor físico pero se notaba cada vez más mareado. Las fuerzas le empezaban a fallar.

Por fin, el árbitro el final del partido. Estalló la locura en la grada zaragocista y en el césped. Carlos y Pablo se abrazaban  mientras gritaban y saltaban como posesos.

-¡Campeones!, ¡Campeones!, ¡Oeoeoe!, ¡Campeones!

Pasados los minutos llegó el momento deseado. El momento de que el Real Zaragoza recogiese la Copa. A través de los videomarcadores vieron como uno a uno iban pasados los jugadores. Hasta que le llegó el turno al capitán quien levantó la Copa al cielo.

Dos lágrimas asomaron por los ojos de Carlos. Pero no oía nada. Todo era ruido a su alrededor pero no oía nada. Silencio.

Las piernas le fallaron clavándose de rodillas en el suelo. Pero sus ojos seguían fijados en aquella Copa. Segundos después todo se apagó.

Nunca hubiese imaginado una forma tan feliz de morir. Quizá alguien ayudó a que esto fuera así. Quién sabe.

Carlos lo había conseguido. Como le dijo a su madre en aquella nota había ido a ser feliz. Y lo logró.

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