Última generación

Por Juan Alonso García

Sonaron los acordes al final del partido,  apenas perceptibles debido al estruendo del público. La gente permanecía en el estadio, mientras, desde el centro del campo, los jugadores aplaudían a los miles de seguidores que se habían desplazado y estos, entusiasmados, les devolvían con vítores los aplausos. La ocasión lo merecía: el Real Zaragoza volvía a coronarse en Europa. Ismael sostenía la bufanda al lado de su padre. Las ceras azules y blancas, algo difuminadas por el sudor, dibujaban curiosas estrías en su rostro.

– Mañana, iremos a celebrarlo a la Plaza del Pilar.
– ¿Llegaremos a tiempo?, preguntó Ismael, con una sonrisa de oreja a oreja, a pesar del cansancio por el ajetreo del viaje
– Sí. La celebración es a las siete y nosotros estaremos en Zaragoza a las cuatro y media.

El vuelo duraba algo más de dos horas desde Munich. En el Allianz Arena, los futbolistas se habían comportado como gladiadores. Sobre todo, después de que el delantero centro inglés –¡Hay que marcarlo al hombre, al hombre, no le damos ni un palmo!, se desgañitaba el entrenador blanquillo-, pusiese en ventaja al United. Antes había forzado la expulsión del central del Zaragoza. Épico. Otro equipo inglés y otra vez 2-1 y en la prórroga, aunque en esta ocasión, remontando un marcador adverso y con un hombre menos. La historia se repetía treinta y cinco años después, pero en esta ocasión, el galardón era mayor: la Champions. Nada más y nada menos.

Ismael se sintió afortunado. Con apenas ocho años, había vivido la gloria que Jorge, su padre, tanto había tardado en saborear. A este le vinieron a la cabeza los momentos difíciles, el cambio de accionariado en 2014 veintiún años atrás, cuando, a punto de desaparecer, su club se dirimía entre unos y otros hipotéticos compradores hasta que, finalmente, aquel grupo de empresarios se hizo con las riendas del club. Se acordó de aquella promoción contra la U.D. Las Palmas. Aquel jolgorio de la Romareda con el tres a uno, hacía pensar en los mejores presagios que, finalmente, no se cumplieron. Recordó también el partido de vuelta, y sus lágrimas por el frustrado ascenso –¡malditos siete minutos!-. Aún no había cumplido quince años y el equipo tardaría una década en volver a Primera División, tras dos cambios más de propiedad.  Se acordaba de su padre y añoraba aquella cita con la Grada Este a la que ambos acudían cada quince días. Jorge esbozó una sonrisa, pero disimulaba la nostalgia que se le apoderaba, especialmente en este tipo de ocasiones: –Gracias, papá por ser del Real Zaragoza. No lo has llegado a ver, con la ilusión que te habría hecho, pensaba, acordándose de su padre. Era la primera vez que el Zaragoza se proclamaba campeón de Europa, once meses después de haber sido subcampeón de Liga. La victoria del F.C. Barcelona en Madrid, en el último partido de la temporada 2028-29, le había privado de la gloria, por un solo punto.

– Bueno, Y este año ¿qué? ¿Te veremos en Primera o no? Ismael, tímido como era, rehuía ese tipo de preguntas, aunque vinieran de sus amigos. Bajó la cabeza e hizo como si no hubiese escuchado.
– Hombre, -le dijo Alex- el año pasado jugaste tres o cuatro partidos con el primer equipo, así que…
– ¡Hala, dejad ya de hablar de fútbol y vamos a comprar el regalo de Marta! Si terminamos pronto, tomamos unas cañas. Sandra cogió de la mano a Ismael.

Ella, mejor que nadie, sabía cómo lo había pasado con la lesión de ligamentos que había cortado en seco su progresión. Justo cuando empezaba a despuntar, cuando los mejores equipos del Continente se habían fijado en él. Le costaba ir a entrenar. A punto había estado de dejarlo todo, de centrarse exclusivamente en sus estudios de Medicina, cuando, tras un largo proceso de recuperación, volvió a romperse la otra rodilla. A principio de temporada y contra Osasuna. Una dura entrada, al poco de marcar su segundo gol en ese partido, que el Zaragoza acabó ganando por cuatro a cero, lo mandó de nuevo al quirófano. Iba a ser la temporada de su vida, decían todos. El entrenador, Iranzo tenía toda la confianza en él y así se lo había transmitido. Prueba de ello es que había sido titular en los cuatro primeros partidos, hasta que cayó lesionado. Indiscutible. Era el máximo goleador de la liga con 6 dianas. El desánimo había hecho mella en un chaval tan joven y necesitaba replantearse las cosas. Quería ser un buen médico, como su padre, pero a este le había prometido que defendería la camiseta blanquilla. Tenía facultades, y una zurda como un guante; había quien lo comparaba con Leo Messi, aquel astro argentino del pasado, cuya luz aún brillaba en el panorama futbolístico. De hecho, uno de sus hijos, apodado el flaco, era el central de la selección argentina, que hacía unos meses se había proclamado campeona del mundo con un gol suyo de cabeza, al rematar una falta sacada desde el lateral del área. Muy similar al que le dio la victoria al F.C. Barcelona en aquel último partido de liga, privando del éxito al Zaragoza.

Desde que entró en la Ciudad Deportiva, justo el año en que el Real Zaragoza se había hecho con el título más preciado de Europa, el empeño de Ismael había sido ese. ¡Qué orgulloso estaría tu abuelo, hijo mío! le decía su padre emocionado. ¡Cómo me acuerdo de todas esas tardes en La Romareda, cuando yo era un niño; de aquellos partidos tan duros, de las promociones de ascenso que, aunque se resistió, finalmente conseguimos! Fue el último partido que vi con tu abuelo. Nos jugábamos el ascenso. Cuando marcamos, casi en el último minuto, fuimos directos al hospital, por lo del infarto. No pudimos ir a celebrarlo. Una semana estuvo en la U.V.I. Ya no fue el mismo y ya no pudo ver a su Zaragoza en Primera.  Aún no me explico cómo podía ser yo hincha del Zaragoza, cuando durante más de diez años, prácticamente solo lo vi jugar en Segunda. Solo nos daba disgustos Pero ya ves, hijo, ahí seguíamos, al pie del cañón. Jorge le mostraba orgulloso a Ismael la foto con el abuelo. Los dos con la camiseta del Zaragoza, sonrientes, se pasaban la mano por el hombro. Las palabras de su padre, junto al apoyo de Sandra, era lo que más le animaba a seguir adelante. Eso y su amor al Real Zaragoza, claro.

No había sido fácil la temporada para Ismael, que acababa de cumplir 20 años, desde que cayera lesionado en septiembre. Horas y horas de gimnasio, de rehabilitación, de soledad le habían hecho madurar rápido. A finales de abril volvió a saltar al césped en el minuto 32, por la lesión de su compañero Cristóbal, el ariete uruguayo que empezaba a ser la nueva sensación del equipo y al que habían fichado por la lesión de Ismael. La ovación de todo el estadio en pie le puso la piel de gallina, pero una rotura en los isquios, nada más comenzar la segunda parte hacía peligrar su participación en la recta final del campeonato, donde el Zaragoza tenía serias opciones de ganar la liga. Llegaron a la última jornada empatados a puntos con el F.C. Barcelona. El Real Madrid les seguía de cerca, a dos puntos y el último partido era en Barcelona. No valía el empate, ya que los catalanes, que habían igualado a dos en una coqueta y reformada Romareda,  les superaban en el average general.

Ismael empezó en el banquillo. Se comía las uñas cuando el Barça, nada más empezar la segunda parte, empataba el partido, después de adelantarse el Zaragoza con un gol de Cristóbal, al filo del descanso. Quedaba algo más de media hora y el míster daba órdenes desde la banda para que el equipo se viniese arriba. Miró nervioso a los suplentes, que hacían los clásicos ejercicios en la banda: – Isma, calienta más fuerte, que sales ya.  Ismael se santiguó al saltar al campo. Miró a la grada, al asiento vacío que debía ocupar su padre. Ese hueco inmenso que había dejado hacía unos meses, esa huella imborrable lo transformó. Sandra estaba allí. No se había separado de él ni un instante en los momentos más duros, especialmente, tras el fallecimiento de su padre, cuando, mientras se recuperaba de la lesión, estuvo a punto de mandarlo todo al traste: -Hazlo por ti, amor, por tu padre, por tu abuelo, por mi, por todos los aficionados, que te quieren. Las palabras de Sandra las tenía tan grabadas como el escudo de su camiseta.

En el minuto 88, recogió un pase en largo desde la defensa. Vio venir al flaco, le tiró un caño en tres cuartos de cancha  que a punto estuvo de romperle la cintura y ante la salida desesperada del portero del Barça, le cruzó el balón al otro palo, vaselina incluida. Era el éxtasis, se fue corriendo a la banda, hacia la zona donde estaba Sandra, emocionada. Mirándola, hizo la forma de un corazón con las manos y se quitó la camiseta. Debajo llevaba otra, con la serigrafía de la foto que tantas veces le había enseñado su padre, la de él y el abuelo, y con un mensaje impreso al pie de la misma. “¡Gracias, papá, por ser del Real Zaragoza. Ha valido la pena!”.

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