18 de marzo

Por Luis Gómez Rivas

-¡Avispas…No vais a picar a nadie esta tarde!

-¡Eso lo veremos tomates…os vamos a hacer gazpacho!

Los dos grupos de chavales se están mirando unos a otros. El cierzo levanta  polvo y hace que la arena del descampado se les cuele por los pantalones cortos y se meta en los ojos. Al pisar, los pedruscos diseminados por todas partes puede hacer que tropiecen en cualquier momento o que se abran la cabeza al caer, como ya ha ocurrido varias veces. Las porterías son dos montones de abrigos y los límites del campo el comienzo de otro campo, pero de labranza, de donde sale su propietario con un enfado considerable cada vez que el maltrecho balón lleno de parches sale de los límites de tan provisional rectángulo de juego. Pero eso no corta la emoción de los minutos previos a comenzar esta suerte de derbi improvisado entre chicos de doce años con bufandas, chaquetones y zapatos que les van demasiado grandes. No hay camisetas de equipos  ni posibilidad de comprarlas pero todos saben perfectamente los que son de los suyos y los que no. A la izquierda se sitúan los del Iberia, los avispas, aunque no vistan con los colores de sus héroes, de amarillo y negro y a la derecha, sin tampoco poder llevar el rojo de sus amores, los tomates del Zaragoza Club Deportivo. Los liderados por Antoñete y los comandados por Fermín, los dos improvisados capitanes nombrados por una mezcla de carisma, habilidad y ser algo más altos que los otros chicos de su edad.

-¡Os vamos a zurrar la badana, cuadrilla de mataos!

-Jajajaja sí claro, como en el último partido, que os comisteis cuatro.

Los capitanes han avanzado varios pasos hasta quedar sus caras a pocos centímetros y en ellas asoma el rencor. Todos los chicos saben que quizás ni comience el partido y comience otro a empujones y coscorrones.

De repente una voz de fuera del campo les llama.

-¿Y no  podríais hacer nada juntos, para variar?

Los niños giran todos al mismo tiempo la cabeza hacia un lateral del campo, extraños de que a un adulto no le sea completamente ajeno sus asuntos de críos. El señor lleva gabán, sombrero y anteojos y mira a los niños con una media sonrisa irónica, que se convierte en una carcajada cuando un torrente de voces infantiles emerge con una lista de agravios, de antiguas quejas arbitrales y de resúmenes de partidos pasados para explicar su pasión por uno de los dos equipos de la ciudad y su correspondiente desprecio por el otro. Torrente que se seca repentinamente cuando el señor les mira seriamente y afirma.

– Se terminó zagales, ya no habrá ni tomates ni avispas.

Las miradas se quedan congeladas y los rictus de tristeza y las lagrimas empiezan a surgir en los rostros que observan al señor que parece casi disfrutar cuando les dice que los equipos de sus amores y de sus rencores no jugarán más, que están arruinados y no tienen duros ni para otro match.

-Pero ha nacido algo nuevo…

El señor saca un papel de la jornada que deja a los chicos antes de marcharse donde se explica que un nuevo club ha sido creado de la unión de los dos anteriores equipos de la ciudad y que vestirá de blanco, los colores de la Federación Aragonesa, para unir a todos.

-Y esto es para vosotros, que yo ya estoy retirado del pelotón. Quizá podáis hacer algo  con él, por una vez, en lugar de tanto barullo.

Con un sutil golpe de empeine lanza hacia el todavía incrédulo grupo de chiquillos un balón nuevo que no habían podido pensar en adquirir ni en el mayor de sus sueños. Tras un rato observándolo en silencio los chicos de uno y otro equipo empiezan a mirarse de otra manera hasta que surgen las primeras presentaciones.

Es el 18 de marzo de 1932, se ha fundado el Zaragoza Foot-ball Club y los niños que hablan en el descampado serán amigos el resto de su vida.

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