Con escuadra y cartabón

Por Lourdes Aso Torralba

A mí el fútbol pues como que no. Al que le gusta es a mi padre. Quiere ver cumplido en mí el sueño que no logró él de joven, por lo de la lesión. Y aún con su cojera, la pierna renqueando, se empeña en lanzar a puerta para que aprenda a parar el balón o se coloca él en la portería dándome instrucciones sobre como mover las piernas para golpear la pelota en según qué ángulo, pues está seguro de que hay un puntito donde si le das bien, ni el mejor portero puede parar el remate.

El caso es que mi padre es ingeniero industrial y repara máquinas de laboratorios dedicados a las exploraciones astrológicas allá en el parque Walqa y tanto ir y venir por la carretera, hasta ha asegurado haber visto objetos voladores no identificados. Al principio creímos que era una tontería para llamar la atención, pero esos extraterrestres debieron hacerle algo en la cabeza. Sino, no se entiende que ande con la escuadra y el cartabón, midiendo aquí y allá, como si en ello se le fuera la vida. Dice que en la ciencia todo tiene una explicación. Y con ese afán de científico frustrado, me hace golpear una y otra vez el balón con el fin de estudiar la hipérbole, la curvatura, el diámetro, el ángulo, la raíz cuadrada y hasta el área. Todos esos datos los anota con una precisión titánica en una tabla de excell y después les aplica programas estadísticos para averiguar la frecuencia, el doble chi cuadrado y la probabilidad de perder el balón entre los pies del defensa, de sortear al mediocampo sin incidentes para llegar al área contraria donde el delantero, en una carrera rápida, puede alcanzar la portería y meter gol.

Los entrenamientos para mí son aburridos. Aparte de sus limitaciones físicas, las clases teóricas carecen de todo fundamento. Pero él persiste tratando de inculcarme algo de pasión por ese deporte.

¿Cómo voy a decirle que lo que a mí me gusta es la danza clásica, bailar el lago de los cisnes sobre unas zapatillas de ballet, embutido en unas mallas ajustadas y dejándome deslizar como si volara?

Mi madre, que desde siempre ha ido a ver los partidos a la Romareda, suele decir que ya tiene ganas de verme a mi sobre el césped, que entonces se olvidará del reuma, del cierzo y de los chuzos cayendo de punta, pues tenerme a mí con la camiseta del equipo ya será para pregonarlo entre rulo y permanente con las señoras que peina ocho horas al día y seis días por semana cerca de la Plaza del Pilar.

-Bien grande pondré tu foto, para que rabien todas.

Sin poder ampararme en ninguno de los dos frentes, no me queda más remedio que desistir. Como en el viejo refrán, si no puedes con el enemigo, mejor únete a él.

Acudo a los entrenamientos casi todas las tardes, ruedo por todo Aragón los sábados y domingos con los partidos de la liga juvenil y procuro protestar lo justo. De la disciplina futbolera espero poca cosa, pues el esfuerzo no se ve recompensado cuando el entrenador me deja sentado en el banquillo.

-Aprovecha –dice mi padre. Aunque sean pocos minutos, demuéstrale lo que haces.

Y para complementar el campo de fútbol, baja de Internet todos los juegos virtuales relacionados con tan noble deporte.

-Chuta, chuta ahora –vocea.

-Métele por la derecha- hasta se pone colorado.

Jugar con él a dos mandos es desesperante. Me gana siempre y no porque tenga más reflejos dirigiendo a los jugadores sino porque, aunque no quiera reconocerlo, su investigación tiene algo de verdad. Chuta en un ángulo tan perfecto que pasa a escasos milímetros del larguero. Imposible que mi guardameta pare aquello.

-Ves, eso es lo que quiero enseñarte. Ya lo has visto por ti mismo.

A mí se me dan bien las matemáticas y la física. Aunque he dejado atrás el álgebra y las proporciones, regreso a los capítulos donde habíamos hecho problemas de cálculo para intentar descubrir si mi padre tiene la cabeza en su sitio .

Y como si me remontara a los estudios de Aristóteles intentando descubrir si la tierra era tan redonda como los balones, y si el sol giraba alrededor de la tierra o era al revés, la tierra la que se movía alrededor del sol, reparto a mi equipo de jugadores igual que si fueran los planetas dispersos en el sistema solar. Si ya en el siglo IV antes de cristo Calipo calculaba trayectorias según el modelo geo homocéntrico, una modificación del  programa Stellarium (siglo XXI) bien podía permitir simulaciones sobre las trayectorias de un mísero balón.

Descubro que la física servía para algo más que para llenar una casilla del boletín académico de notas con sobresaliente  y que ni siquiera Arquímedes con sus principios sobre el densidades y presiones o la velocidad orbital pueden frenarme ya, pues como le ha sucedido a mi padre, me estoy apasionando sobremanera.

Perfecciono la técnica, de tal suerte que ya en los entrenamientos llamo la atención de mis compañeros y del mismísimo entrenador.

-Muchacho ¿cómo lo has hecho?

Y aunque me obliga a disparar a puerta veinte penaltis seguidos, en todos obtengo el mismo resultado, un gol por el alero, a escasos centímetros del ángulo superior.

-¿Es magia o ciencia? –no puede por menos que preguntar pues parece de locos que de la noche a la mañana no se me resista el mejor portero que ha pasado por el equipo.

Y como hemos descendido en la liga y nos las estamos viendo negras para remontar a primera división, el entrenador me pide que entrene yo, que les enseñe esos trucos.

-Adiéstrales sobre lo que acabamos de ver –casi suplicaba al borde de las lágrimas.

Ya no se trata de grandes fichajes sino de pequeñas victorias como esta. Y mientras yo les digo el punto exacto donde golpear el balón, el ángulo que debe hacer el pie con la bota para que la conjunción sea perfecta, mi pies se mueven al ritmo de pliés y danzan al son del Cascanueces de Tchaikovsky, como si en la Romareda en vez de jugar al fútbol se estuviera recreando allá por el año 1892 la coreografía de Lev Ivanov con calcetines hasta la rodilla y camisetas sudadas.

Cuando el director se entera de que la idea original anida en el ordenador de mi padre, en un despacho del parque Walqa, no puede por menos que llamarlo para comprarle la exclusiva de ese invento que revolucionará el fútbol para siempre.

Mi madre tiene que conformarse con mi foto dando saltitos en el teatro Real justo en medio de los espejos de pared. Y con la música de Rita Pavone “los domingos por el fútbol me abandonas” a todo trapo entre rulo y tinte, mientras cuenta con orgullo lo de la Romareda. Bueno, ella lo cuenta a su manera. Dice que hacía tiempo que el equipo no jugaba tan bien y que tanto gol seguido era como para resucitar a los muertos. Que en la mitad de la liga aún quedan esperanzas. De lo de mi padre nada dice, no sea cosa que se filtre la noticia a la prensa y vengan los de la FIFA a husmear lo de la velocidad orbital y demás mandangas.

Mi padre por fin se siente orgulloso y saca del arcón la bandera del Zaragoza, los banderines y la colección de camisetas de todos los jugadores desde que tiene uso de razón. Aparte del valor sentimental, no conforman ninguna fortuna pero noto que sí, que es como si de verdad hasta la pierna le renquea menos. Debe ser que tanto ir y venir entre tutus- dice mi madre, a mí también se me ha estropeado la cabeza, aunque ahora mi padre ya me deja en paz, como si haber sacado al equipo de segunda merezca como el premio dejarme bailar ballet. Le digo, para chincharlo, que actuaremos de teloneros antes del partido, sobre el césped recién cortado y ríe. Es buena señal. Todo vuelve a estar en su sitio.

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