Una noche en el Wanda

Por Javier García Sesma

Nos ha costado mucho, hija. Pero aquí estamos por fin. ¿Quién te lo iba a decir a ti hace tan solo unos meses, eh?, ¿cómo te podías imaginar que después de tanto tiempo ibas a estar esta noche viendo al Zaragoza en el Wanda Metropolitano disputando otra vez una final de la copa de rey? Y frente al Barça de Messi, ese jugador galáctico al que desde hacía años solo veíamos en la tele, lejos, muy lejos de nuestro mundo real. Mentiría si te dijera que no quiero que ganemos el partido, solo faltaba, pero lo cierto es que en el fondo no es lo que más me importa ahora. Lo que de verdad me importa, lo que no cambiaría por nada, es estar aquí ahora contigo, sentados los dos en estas localidades que me han costado un ojo de la cara, y enfundados en nuestras camisetas blancas y azules, las mismas que hemos estados luciendo todos estos años frente a tantos equipos que cargados de dignidad, sin apenas presupuesto y con jugadores cuyos nombres no lográbamos aprender, han ido pasando por la Romareda y dándonos más de un disgusto.

Y ahora en cambio estamos aquí, hija, a punto de empezar el partido más importante de tu historia zaragocista. Absortos los dos en medio de esta furia blanquilla que nos ensordece y  nos envuelve en una nube de ensueño de la que ojalá nadie nos baje nunca.  Sobre todo a ti, que estoy seguro ya habías renunciado a poder vivir algo así. Menos mal que la vida da vueltas, ya ves, muchas vueltas, incluso cuando uno cree que el pozo en el que se hunde no tiene salida posible. Porque no solo las cosas importantes (el fútbol no lo es) te hacen feliz o desgraciado. Las ilusiones, por pequeñas o ridículas que parezcan, van haciendo de nosotros criaturas sensibles que nos crecemos o nos desmoronamos según se cumplan o no nuestras expectativas. Y con nuestra pequeña ilusión, esa que un día decidiste compartir conmigo, el desmorone que hemos vivido ha sido duro, muy duro. ¡A ver si este partido del Wanda nos marca un antes y un después!

Me he acordado muchas veces de cómo empezó todo. Mamá, tu hermana (que al final también a su manera se fue contagiando del interés por este equipo tan desdichado) y tú sabíais de mi afición zaragocista, heredada ya del abuelo que se desgañitaba en el viejo campo de Torrero animando a los blanquillos. Yo nunca fui abonado, pues en casa bastante era con que mi padre pagase su abono y el de mis dos hermanos mayores mientras estos no tuvieron independencia. Pero mi sangre también era zaragocista y acudía a la Romareda cuando alguno de los abonos quedaba libre o cuando ya mayor, me podía permitir el lujo de pagar una entrada e invitar a mamá, siendo aún novios, a ver algún partido en la grada de Gol Norte. Luego la familia, por unas razones u otras, rescindió sus abonos y nos quedamos todos en zaragocistas de a pie. Pero a mí me resultaba insuficiente ver los goles en el Estudio Estadio o enterarme de los resultados en el Teletexto, y fue cuando entonces te propuse si querías hacerte abonada conmigo. Hay que reconocer que las circunstancias en ese momento no eran muy favorables: el Zaragoza había caído ya en manos de un presidente que lo estaba poco a poco desintegrando, luchaba por mantenerse en primera división, y encima nosotros ya no vivíamos en Zaragoza, sino en Alcañiz, lo que iba a implicar unos ajustes de calendario inimaginables en un principio para poder ir a ver los partidos. Pero lo dicho, hija: las ilusiones mueven montañas, nos hacen sentirnos vivos, disfrutar de lo pequeño y aferrarnos a ello con fuerza de titán. Lo que no podíamos imaginar ni tú ni yo era que lo de disfrutar se iba a quedar en un proyecto que el tiempo se empeñaría en ir aguando temporada tras temporada.

A todo esto hay que añadir, hoy que tanto me sincero contigo conviene reconocerlo, que lo tuyo no era ni mucho menos una pasión por el fútbol (aún me cuesta hacerte entender lo del fuera de juego), sino que se trataba, no sabes lo que te lo agradezco, de un deseo de compartir ese algo especial que sentía tu padre por su Real Zaragoza y de disfrutar juntos de esa pasión domingo a domingo viendo a los grandes futbolistas de primera división y aplaudiendo los goles de los nuestros. Así que aceptaste decidida ¡Qué bien lo íbamos a pasar!

Cómo no recordar ahora, hija, cuando los jugadores ya saltan al campo con Zapater a la cabeza y nuestra grada enloquece mientras entona el “Mil banderas ondearán”, aquella mañana de agosto de 2011 en que formalizamos nuestro compromiso zaragocista. Me acuerdo perfectamente de que con tu abono recién estrenado te hice una foto delante de la puerta de las oficinas del Zaragoza. ¡Cuántas veces me viene esa imagen a la cabeza! Y sé que a ti también, pues en alguna ocasión hemos revivido juntos ese momento. Estabas guapa, guapísima con tus 12 años recién estrenados en junio, tu vestido de flores estampado, tu sonrisa tímida pero sincera, y tu carnet de abonada número 25.179 sostenido con orgullo con tus dos manos. Ya solo quedaba empezar a ejercer como joven zaragocista en la Romareda.

Y la verdad es que nuestro estreno en esa temporada no podía pintar mejor, pues el primer partido liguero era ni más ni menos que contra el Real Madrid. Tú no conocías a ningún jugador del Zaragoza pero sí a varios del Madrid, pues además de la fama mediática de algunos como Ronaldo, el verano anterior España acababa de ganar el mundial en Sudáfrica (lo habíamos celebrado juntos en la plaza de la fuente luminosa de Alcañiz) y figuras como Ramos, Xabi Alonso o Casillas te resultaban archiconocidas. Y ahora las tenías allí, bien cerca de ti, en carne y hueso. Me acuerdo que arrastrados por esa emoción de novatos hicimos una foto desde nuestra localidad a Casillas en la que apenas se adivina que es él por la distancia desde la que la tomamos. Pero era Casillas, y la foto la guardo como si fuera la única que se le hubiera hecho al portero en toda su historia. El partido no fue bien y se convirtió en todo un presagio de lo que nos esperaba. El resultado final mostró un contundente 0-6, así como suena. Pero lo que no olvidaré jamás de ese estreno fue que en un momento determinado, ante un nuevo gol madridista, me preguntaste confundida: “¿Cuántos llevan ya?” Solo pude reír, ahogado eso sí, en un baño de tristeza que no pudiste ver.

Y siguió la temporada. Y viajamos desde Alcañiz fuera cuando fuera el partido pues a las televisiones poco les importan las circunstancias de los aficionados que pagan. Si jugaban el lunes por la noche, tú te organizabas para hacerte los deberes antes de montarnos en el coche y marchar a Zaragoza a ver a nuestro equipo. Y luego volvíamos a las tantas y le explicábamos a mamá que nos esperaba despierta, que pese a la derrota habíamos jugado bien, pero que habíamos tenido muy mala suerte. Ya no sé si era verdad o si eran excusas que inventábamos para que ella no se enfadara por haber hecho el viaje en balde. Pero algo hay en esa temporada que tanto a ti como a mí aún nos pone los pelos de punta. Qué grato recuerdo entre tanto infortunio. Me refiero al partido contra el Barça que nos tocó jugar en abril. Aquel día estaban ya algunos de los jugadores que ahora se saludan con los nuestros ante la mirada del árbitro de la final y que creíamos que no íbamos a volver a ver nunca en vivo y directo. Mira, allí está Busquets y, detrás de él Messi, ¿los ves? Bueno, pues ese día, ante esos jugadores y otras estrellas del fútbol, el Zaragoza, ya en puestos de descenso, se adelantó en el marcador, llegó a fallar un penalti, y aunque al final perdimos por 1-4, la voz ensordecedora de todo el estadio en pleno gritando “¡Sí se puede!, ¡sí se puede!” se nos quedó grabada en nuestra memoria sentimental, esa que luego se transmite de padres a hijos aunque sea exagerándola. De hecho, tú y yo siempre hemos creído que ese grito nació aquella noche en la Romareda y de ahí se copió para ser usado después en las luchas por lo que se considera justo aunque sea difícil de conseguir. Y que alguien intente convencernos de lo contrario, que no lo creeremos.

Por eso hay que reconocer que el final de temporada a partir de aquel día fue, pese a todo lo sufrido, ilusionante. Sobre todo porque acabamos salvándonos y tu primera temporada como zaragocista se cerraba con nuestro equipo en primera. Por los pelos, pero en primera.

En la segunda temporada llegó la debacle. Continuamos con nuestros viajes (en alguno de ellos nos volvimos a casa además de con una derrota con un bollo en el coche), con nuestras esperanzas de que sí se pudiese otra vez, pero la realidad se acabó imponiendo aquel aciago 1 de junio de 2013 en el que el Atlético de Madrid nos mandó a segunda en nuestra propia casa con un tristísimo 1-3 que nos hacía tocar fondo. O eso creíamos.

Porque aunque en nuestros carnets de abonados de la temporada siguiente nos prometieron volver a sonreír, lo que hemos vivido estos cinco últimos años nada tiene que ver con la alegría que se supone va asociada a una sonrisa. Es mejor no hacer sangre y no recordarlo mucho, sobre todo ahora que ha empezado ya la final, somos por fin lo que nunca debimos dejar de ser, y encima Guti ha estado a punto de sorprender a Ter Stegen con un trallazo desde fuera del área que nos ha dejado boquiabiertos. Dejémoslo pues. Me basta con saber que has seguido acompañándome, has seguido a mi lado viendo perder al Zaragoza con equipos que seguro que ni recuerdas, nos hemos marchado a casa muchas veces en silencio por no repetir lo mismo de siempre, pero hemos estado allí juntos. No sabes lo impotente que me he sentido al comprobar que el Zaragoza que yo hubiera querido darte no ha sabido llenar instantes de tu adolescencia de pequeñas alegrías, pero alegrías al fin y al cabo.

Menos mal que cuando por fin la temporada pasada encadenamos seis victorias seguidas, la última ni más ni menos que contra el Osasuna en El Sadar, las cosas empezaron a cambiar y, todos, no solo tú y yo, volvimos a creer, rescatamos la ilusión que habíamos dejado arrumbada en algún momento ya impreciso de nuestro periplo por el desierto.

Y por eso, por esas victorias consecutivas, por esa ilusión recobrada de pronto, por esa firmeza con la que defendiste ante algún incrédulo que el Zaragoza ahora sí estaba jugando bien y tú disfrutabas en la Romareda, he querido partir de ahí e inventar un final feliz en consonancia, aunque a estas alturas nos quedan once partidos para acabar la liga y nuestro sueño aún sigue teniendo tintes de utopía.

Pero también la ficción forma parte de las pequeñas ilusiones que uno tiene, y nada me ha parecido más idóneo que aderezar esta historia y regalarte el mejor de los desenlaces que podíamos imaginar. Sí hija, finalmente he decidido que subimos a primera división en la temporada 2017-2018 y que ya en la siguiente, fruto de una progresión imparable, nos plantamos ni más ni menos que en la final de la copa del Rey, ese torneo que te he dicho tantas veces que llegamos a ganar hasta en seis ocasiones. Y aquí nos hemos trasladado hoy en esta noche mágica, dispuestos como estamos a disfrutar hasta el último instante de este sueño irrenunciable.

El resultado del partido de esta final imaginada te lo voy a dejar en el aire. Pon tú el que quieras, que como te he dicho al principio, casi es lo de menos. Lo importante es que estamos aquí, hija, en el Wanda, con los grandes, y que si al final la parte inventada de este relato no se llega a cumplir, basta con que elimines la ciencia ficción que hay en él y te quedes con la esencia de la realidad, que no es otra que mi gratitud por estos años en los que has sido tan fiel al Zaragoza y sobre todo a mí.  La segunda división nos ha unido mucho.

Mira, gol de Pombo. Esto sí que ya es lo más de lo más. Anda, que si encima ganamos …

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