El artillero

Por Rubén Tapia

No podía fallar. No ahí, ni en ese momento. Su corazón bombeaba demasiado, tal vez odio, dolor y pasión. A esto se aferró desde el primer día que aquel alto oficial nacionalista lo reconoció y dispuso lo siguiente: ganar y vivir, perder o morir.

Serias razones tenía Manuel Toledo para sentir la fuerza del corazón estallándole el pecho, dirigiéndose a su único objetivo, aquel que a veces era bien defendido y de esto no lo dudó ni un segundo. Ese portero era excelente, un veterano del Júpiter, al que una vez le metieron tres goles. Manuel recordó que desde entonces fue el apodo incierto erróneamente divulgado a sus camaradas como “Alifantes”  lo que quisieron decir “elefantes” debido a la robustez de la defensa. “Qué será de Lerín, Gómez, Alonso” pensó. Un grito inicial lo volvió a despabilar y sintió la punta de un zapato arañándole la pantorrilla. -¡jajaja, miren la avispa! Se burlaban quienes presenciaban el partido. Todos eran soldados ahí. Habían incluso algunas señoritas que para entonces el fútbol no les decía nada, pero se divertían por igual. La guerra continuaba a sus espaldas y esa pelota a medio inflar, yendo de un arco a otro, les alejaba de sus temores, el temor de ser alcanzado por un proyectil enemigo. Manuel se levantó a duras penas, ya estaba cansado, no por la duración del partido, sino por las fatigas que venía arrastrando desde hacía más de un año. Uno de sus compañeros, un zaguero derecho, le dio un pase. Manuel resolvió la jugada maravillosa gambeteándose a un defensor ingenuo y arremetió contra el arco. Quizás no le dio la fuerza suficiente, que el balón fue a dar en las manos del portero. – ¡estás muerto de hambre avispa! Volvieron a chiflarle desde las gradas. Aquel era un vocerío de gente calamitosa, los altos mandos del bando nacionalista habían dispuesto todo para que ese partido no tuviera sorpresas. Habían consolidado una posición ahí cerca del Ebro, en un campo que fue bombardeado por ellos mismos antes del último asalto. Ahora disputaban  un partido donde la mayoría de los jugadores eran del pueblo, pero considerados como “republicanos” no solo se jugaban el ocio de los contrincantes sino la vida de muchos prisioneros.

Un cadete hacía de árbitro y por lo general sancionaba faltas inexistentes para el equipo “rojo” como decían con sarcasmo. Pero Manuel no jugaba por ningún bando especial.

Había comenzado como centrofóbal allá por el 35´ coincidiendo con el equipo zarragones al que apodaron “Alifantes” y cuanto más jugaba al fútbol se sentía un ser mitológico y todas las miradas se centraban en su juego, en las gambetas, cuando el balón cruzaba la línea final entre los dos postes, ese grito, el que le generaba tanta pasión y delirio. Aunque en algunos encuentros hubo resultados malogrados y se sentía desfallecer, con las prácticas recobraba la magia innata entre sus pies y la pelota, la pelota y sus pies, la fórmula para ejercer autoridad dentro de la cancha. Y entonces estalló la guerra civil, y aquellos hombres bonachones y sin mal alguno, se vieron de pronto  cargando armas entre sus manos. Manuel sufrió una pérdida espantosa. Sus padres fueron reclutados por el ejército republicano y enviados al sur. No volvería a verlos. Lo cierto es que aun las fuerzas rebeldes no alcanzaban Zaragoza, y por esas cuestiones de la vida que nunca ocurren por casualidad, estuvo en el lugar preciso cuando llegaron las primeras filas nacionalistas. Marta, su prometida tampoco quiso abandonarlo pero Manuel intuía que aquellos sublevados podían hacerle daño y la obligó a irse en un convoy de refugiados. Solo permaneció con sus botines y la memoria intacta de sus días gloriosos en el club. La verdad es que no había sitio seguro donde permanecer. Un pelotón de fusilamiento lo encontró guarecido en una cueva, a orillas del Ebro. La orden había sido matar a quien se considerase sospechoso. Pero uno de los milicianos reconoció a Manuel. –este maño hace maravillas con la pelota. Los otros se rieron, algunos llegaron a conocerlo también. –lo llevemos ante Lezama. Lezama era el primer oficial. Un regordete que en sus tiempos había sido amante del fútbol, pero debido a su sobrepeso nunca pudo jugar. Delante de él le trajeron a Manuel Toledo, el centrofóbal de las avispas. El regordete lo observó por varios minutos hasta que se dio cuenta que ese había sido su centrofóbal preferido.  –los Alifantes, sí que son buenos. Comentó como si la liga española no estuviera interrumpida. Manuel no fue el único jugador que, gracias a su habilidad en la cancha, había salvado su vida. Por el momento. Los milicianos encontraron otros veintidós más y al oficial regordete se le ocurrió organizar una serie de partidos, junto con otros deportistas prisioneros. Pero su estrambótica idea no finalizaba allí. Estaba convencido que podía deleitar a sus soldados si de verdad hacía jugar a estos monstruos. Para esto fue que dispuso una cierta cantidad de civiles prisioneros como trofeo. La crueldad iba de su mano y desde luego que para Manuel aquel era el mayor desafío de su vida.

Y vio a la jovencita de trenzas azules entre los prisioneros. Era la misma Marta que no había logrado llegar a la frontera francesa.  –si pierden, matamos a todos. Dijo Lezama. Era espantoso, pero en la guerra no existían contemplaciones. Manuel intentó por otros medios liberar a Marta, pero cometió ese error. –conque ella es tu prometida, bueno, jugarás por su vida. Le dijo el oficial. Los equipos eran formados por cada batallón y el del oficial Lezama llevaba la delantera. Había ido dejando en el camino a otros hasta que le tocó el último. Por desgracia había personas que terminarían favorecidas o no según el resultado. El centrofóbal sentía el alma estrujársele  al ver en qué deplorable estado se encontraba Marta. “Voy a convertir el gol, voy a ganar este partido, voy a estar con vos” repitió Manuel con los ojos fulminantes, esperando paciente el día de la final. Hasta que llegó.

El oficial Lezama se sujetó el cinturón y leyó el telegrama. –vamos a emplazarnos en el campo de torrero, vendrán muchos a ver a nuestro equipo. – ¿y si nos atacan? Preguntó un cabo con justa razón. – ¿usted cree? hasta los “rojos” vendrían a alentar a su gente. Respondió el oficial y todos se rieron de la ocurrencia. Se fijó jugar en hora de la tarde, una tarde extraña y con retazos melancólicos. La gente sufría en las calles, en todo el país. “Si dependiera del equipo, de mí, si el fútbol nos hiciera libres, dejaría la vida en la cancha” pensaba Manuel en un vestuario derrumbado por las bombas. No estaba solo. Diez jugadores estaban con él y cada uno tenía por quien jugar, a quien liberar. Era un granito de arena en plena marea de la guerra. Y comenzaron los gritos, pronto el campo de torrero se colmó de combatientes y hasta de civiles. Aquel partido les daba esperanzas. Apareció el equipo de Lezama, luciendo unas pobres casacas amarillas y negras, estaban así debido a la interrupción del deporte. Cuando se vio allí, después de tanto tiempo, Manuel no pudo reprimir algunas lágrimas. Fue como verse entre los Alifantes, la ovación de un público maravilloso que ponía la piel de gallina. El equipo rival apareció también. Era un equipo formado por soldados e hijos de altos mandos del ejército sublevado. Tan pronto como el árbitro dio el pitazo inicial, estos fueron a moler las pantorrillas de Manuel y de los zagueros. Resistieron. Hubo una jugada en la que el diez del equipo contrario hizo el pase exacto, y el centrofóbal pateó con la fuerza correspondiente metiendo la pelota en el arco. Era imposible medirse con tipos que estaban bien alimentados y dedicados a la humillación. Manuel tuvo que alentar a sus compañeros, porque ya en los primeros veinte minutos estaban cansados y soportando un gol en contra. Pero el lateral que acompañaba a Manuel picó de una manera asombrosa y cuando se disponía a echar un centro, la pelota rebotó en un defensor. Aquellos discutieron. Decían que no era tiro de esquina, pero el árbitro había seguido la jugada y por única vez admitió la sanción. “Voy a quitarme la marca, mándame la pelota a la cabeza” le dijo Manuel al cinco que iba a ejecutar el tiro. En el área los empujones eran notorio. El cinco pateó y el balón se fue como descolgando hasta donde estaba Manuel. Hubo un cabezazo de palomita y la pelota entró. Un gol surgió de una minoría y podía verse a Marta gritarlo con lágrimas en los ojos. El primer tiempo terminó con el empate. Los nacionalistas estaban eufóricos y odiosos. El oficial regordete habló a los muchachos. Entre otras cosas les dijo –tienen que perder, sino mi cabeza va a rodar. Ninguno prestó atención. En el segundo tiempo hubo una patada fulminante a Manuel. Marta gritó angustiada. El árbitro le dijo que no podía seguir así, malherido. “un  jugador jamás se rinde ante una lesión” murmuró. Volvió a levantarse, trastabillando, rengueando, pero encaró otra vez el área rival, y casi convierte el segundo gol.  Se vivía  una cierta emoción ahí en el campo de torrero. Pronto, el público comenzó a valorar a los muchachos del Zaragoza, no había nada “republicano” ni nada “nacionalista” en ellos. Solo la pasión por el fútbol, la idea de dejarlo todo en la cancha. Exactamente en el último minuto, y cuando se iría a la serie de penales, Manuel en una gesta casi heroica, avanzó con el balón desde mitad de cancha, rebasando a uno, a dos, a tres, a cuatros, y con el último aliento pateó, cruzando la pelota al palo izquierdo del portero. Casi en ese instante, hubo una tremenda explosión acompañando el grito de ¡gol! Y la tribuna que ocupaban los jefes fue alcanzada por un proyectil venido de no sé dónde. Tan pronto como aquello ocurrió, el resto de los soldados se dispersaron y los prisioneros quedaron en libertad. Los once alzaron las manos al cielo. Marta estaba allí y Manuel, con lágrimas en los ojos, fue por ella y vio como el último gol había desbaratado no solo al equipo contrario sino a los cabecillas de los sublevados que ni tiempo les dio para ponerse en guardia.

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