Eterno futbolero

Por Raúl Garcés Redondo

No, no soy zaragozano. Pero zaragocista como el que más. Llegué a la ciudad de bien crio. Comparado con nuestro pueblo, ésto era otro mundo. Mi padre solía llevarme hasta la estación del Sepulcro para ver llegar los trenes pero mi atención pronto se iba a la explanada aledaña, donde con varios montones de ropa o de piedras primero y un par de palos (con una cuerda haciendo de travesaño) después, grupos de muchachos daban patadas a un balón. ¡Qué irónica resulta en ocasiones la historia! Un siglo atrás, en estos mismos campos, se daba  sepultura a los no pocos fallecidos en aquellos dramáticos enfrentamientos con las tropas napoleónicas.

Mi padre era obrero de fábrica y no perdía la ocasión de burlarse de esos hombres obsesionados tanto por atacar la portería rival como por defender la propia.

– ¡Para defensores los de la Puerta del Carmen! – espetaba cuando los veía correr, con sus camisas blancas con barras rojas, indumentaria del Fuenclara, en el cercano campo de la calle Bilbao. Dependiendo de donde se encontrara el terreno de juego, cambiaba de expresión. Por ejemplo, a los jugadores de La Gimnástica, que vestían de amarillo a rayas negras, próximos a  La Química, les mencionaba la Puerta de Sancho. Y a los colorados de la Real Sociedad Atlética Stadium, al otro lado del Ebro, les “sacaba los colores” recordándoles la heroica lucha de los vecinos del Arrabal.

Vivíamos en la calle Asalto, en una pequeña vivienda sobre una tienda de hortalizas de las cercanas huertas de Las Fuentes porque, según mi padre, el alquiler era asequible. Pero siempre he pensado que alguien tan apasionado por los episodios de los Sitios, no podía dejar de residir junto a alguno de sus lugares emblemáticos, como era la antigua muralla de ladrillos, escenario de enconados asaltos franceses. Y para mi regocijo, justo enfrente se decidió instalar el campo de fútbol de la Torre de Bruil donde el Zaragoza, de rojo tomate, luchaba por acabar con la hegemonía de los avispas. Hoy dedico las mañanas a dar paseos por el parque que levantaron en su lugar. Si uno se fija con atención, todavía se distingue parte del graderío. Tiempo después albergó un zoo. Todavía se recuerda el oso enjaulado pero hubo también pavos reales, jabalíes, zorros e incluso un león como el que, rampante, decora nuestro escudo.

Al cabo, mi padre, empujado por mi desmedido amor a este deporte, terminó aficionándose también. Y se convirtió en un auténtico hincha del Iberia, conjunto más aguerrido, decía él mientras cerraba con fuerza el puño. Por contra yo me mantenía fiel a mi equipo. Que fue el nuestro, allá por el 32.

Asistimos juntos a la inauguración de La Romareda en partido que enfrentó al Zaragoza, ahora de blanco y azul, contra el Osasuna. Cuatro a tres ganamos. Pocas veces he visto a mi padre abandonar un estadio tan henchido de orgullo. Para un gualdinegro como él, que había visto como tras la unión de ambos clubes se perdía el nombre y los colores del Iberia, (aunque no la plantilla que era prácticamente la misma) suponía una suerte de resarcimiento esta victoria pues fue precisamente el conjunto pamplonica quien les derrotó, años atrás, en el estreno del desaparecido campo de Torrero (histórica jornada ésta donde la directiva iberista, tras el almuerzo, enterró unos tomates en el centro del campo en clara alusión a su vecino rival)

¡Que tiempos aquellos! No volverán aunque parece que ahora pretenden recuperar el tranvía. Pues si antes lo cogía para acercarme hasta La Romareda, ahora con bastante menos agilidad que entonces, lo tomaré para ir al edificio de enfrente, La Casa Grande, a causa de mis numerosos achaques dada mi avanzada edad. Ignoro cuanto tiempo nos queda a ambos, al estadio y a mi persona, viéndonos languidecer impotentes año tras año y temporada tras temporada. Pero no parece lejana la hora en que debamos irnos al otro barrio, en mi caso al de Torrero, acompañando a mis seres queridos. Eso sí, a alguien como yo que ha estado siempre cerca de los terrenos de juego, pedregosos unos y de mullido césped otros, no se le escapa que junto a la tapia del cementerio se extienden varios campos de fútbol. Seguiremos pues disfrutando de este amado deporte. Solo espero que mi padre se sepa comportar.

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