Su primera vez

Por Juan Torres Carbó

A sus siete años recién cumplidos, Carlitos no era un niño normal. No es que a su corta edad ya supiese hacer raíces cuadradas o hubiese leído El Quijote. No, Carlitos no era un niño normal porque, a pesar de haber nacido en Los Corrales de Buelna (Cantabria), él era zaragocista.

Nadie en su familia se explicaba muy bien el origen de esa afición por el Zaragoza. En sus siete años de vida, Carlitos nunca había visto a su equipo en Primera División. Cuando descendió a Segunda, aquel triste 2 de junio de 2013, Carlitos sólo tenía dos años, así que nunca había llegado a ver con sus propios ojos el glorioso pasado de los blanquillos. Pero aunque no lo hubiese visto personalmente, ese pasado no era desconocido para él. Ni mucho menos. Su padre, viendo la devoción que su hijo tenía hacia el equipo maño, se había empapado a través de Internet de la historia zaragocista y se la había transmitido a Carlitos, que podía recitar de memoria la alineación de los 5 Magníficos, de los Zaraguayos, de los Héroes de París e incluso de los autores del “Galacticazo”.

La habitación de Carlitos estaba repleta de artículos del Real Zaragoza. Un póster de Pardeza levantando la Recopa decoraba la pared de su cuarto; una hucha con el escudo del león guardaba el poco dinero que conseguía ahorrar tras gastarse en chucherías la mayor parte de la propina que sus padres le daban cada domingo; un peluche con la camiseta zaragocista reposaba sobre la almohada de su cama; y, aunque todavía no tenía llaves de su casa, los Reyes Magos le habían puesto un llavero con el lema “Eres el mejor aficionado del mundo”.

Cada lunes, independientemente del resultado que hubiese tenido el Zaragoza el día anterior, Carlitos se enfundaba la camiseta con el nombre de Pombo y el 8 a la espalda que sus padres le habían regalado en su último cumpleaños y se dirigía al colegio. Allí tenía que aguantar  frecuentemente las burlas de algunos de sus compañeros, madridistas y culés, que le recordaban que el Zaragoza estaba en Segunda mientras presumían de los goles de Cristiano o de Messi. Pero eso a él no le importaba; las críticas a su equipo hacían todavía más fuerte su amor por el Real Zaragoza.

El padre de Carlitos, Fernando, había renunciado hacía ya mucho tiempo a su objetivo de que su hijo se hiciera seguidor del Rácing de Santander. Varias veces le había llevado a El Sardinero con la intención de despertar en él un sentimiento racinguista. Pero todos sus esfuerzos resultaron baldíos.

El 18 de marzo de 2018 no fue un día como otro cualquiera para Carlitos. El día anterior el Zaragoza, su Zaragoza, había ganado 1-2 en Pamplona y por primera vez en toda la temporada se encaramaba a los puestos de play off. Como siempre hacía los días posteriores a los partidos del Zaragoza, el padre de Carlitos se desplazó a Torrelavega para comprar el Heraldo de Aragón. Un amigo suyo le había avisado de que en aquella localidad un kioskero de origen aragonés vendía prensa de Zaragoza, así que cada semana Fernando recorría los 14 kilómetros que separaban Torrelavega de Los Corrales de Buelna para que Carlitos pudiese leer de primera mano la crónica del partido.

Carlitos esperaba ansiosamente la llegada de su padre. Estaba jugando al Fifa con su hermano cuando escuchó introducirse la llave en la cerradura. Carlitos dejó el mando del juego, corrió tan rápido como le permitieron sus piernas y llegó a  la puerta de su casa antes de que a su padre le diese tiempo de dar la vuelta a la cerradura. Allí estaba Fernando con el Heraldo doblado debajo del brazo y con una sonrisa en la cara.

Carlitos se apresuró a coger el periódico, pero antes de que pudiera hacerlo Fernando subió su brazo para ponerlo fuera del alcance de su hijo y le dijo: “Tengo una sorpresa para ti, Carlos”. A Carlitos, a quien le gustaban las sorpresas más todavía que las chucherías, se le iluminaron los  ojos. “Si el Zaragoza se clasifica para el play off de ascenso”, siguió diciendo su padre “te llevaré a La Romareda, pero con la condición de que te aprendas las tablas de multiplicar. El año que viene empezarás 2º de Primaria y sería bueno que fueses adelantando el trabajo”.

Carlitos no cabía en sí de gozo. Sólo con imaginarse a sí mismo en La Romareda se le ponía la carne de gallina. Así que se puso manos a la obra y cogió el cuadernillo de las tablas de multiplicar de su hermano. Por suerte para él, ya se sabía algunas. Con la del 2, la del 3 y la del 4 no tenía problemas; las del 1 y el 5 estaban chupadas; pero a partir de la tabla del 6 la cosa se complicaba; y las del 7 y el 8…uff, ésas eran dificilísimas. Carlitos no perdía ninguna ocasión para repasarlas. 7×1=7, 7×2=14, 7×3=21… canturreaba cada mañana cuando se dirigía al colegio. 8×4=32, 8×5=40, 8×6=48… repetía en la cama por las noches antes de dormir. Ni siquiera la derrota contra el Sevilla Atlético de la semana siguiente frenó su ímpetu

En unos pocos días, ya se sabía las tablas mejor que el Padrenuestro. Una vez cumplida su misión, sólo quedaba que el Zaragoza hiciese también sus deberes y se clasificase para el play off. Y llegaron las victorias en León, contra el Huesca, Almería, Sporting, Albacete… Con cada victoria del Zaragoza, las opciones de jugar la fase de ascenso crecían y la ilusión de Carlitos aumentaba hasta el infinito. Finalmente, tras la victoria contra el Valladolid que confirmaba la presencia del Zaragoza en el play off, llegó el momento de que Carlitos reclamase el justo premio a su esfuerzo.

Como una promesa es una promesa, Fernando puso en marcha el plan para cumplir su palabra. Pidió un día libre en el trabajo para poder comprar las entradas, reservó una habitación en un hotel e incluso buscó en Internet dónde se podían encontrar en Zaragoza los mejores bocadillos de calamares (comida favorita de su hijo).

Y así llegó 10 de junio. Carlitos y su padre madrugaron para salir pronto de Los Corrales de Buelna. El despertador sonó a las 7 de la mañana, pero Carlitos ya estaba despierto desde varias horas antes. Aunque solía dormir a pierna suelta, esa noche los nervios le jugaron una mala pasada. Pero eso a él no le importaba. En sólo unas pocas horas iba a estar en La Romareda. Sí, sí… en LA ROMAREDA.

Las horas del día transcurrían con lentitud. Ataviados con su camiseta zaragocista (Fernando se había comprado una para la ocasión), Carlitos y su padre visitaron el Pilar, se tomaron una coca-cola en una terraza de la Plaza San Francisco y comieron el mejor bocata de calamares de toda su vida.

A las 5 de la tarde, enfilaron el Paseo Fernando el Católico camino hacia La Romareda. A medida que se acercaban al estadio, se cruzaban con más y más zaragocistas, unos con la camiseta blanquilla, otros con la avispa…todos ilusionados y confiados en hacer bueno el 1-1 logrado en Soria tres días antes.

Tras entrar por la puerta 4, Carlitos enfiló las escaleras que daban acceso a su asiento y vio por primera vez algo que nunca olvidaría: La Romareda desde dentro. Miraba todo con los ojos muy abiertos y con una sensación de irrealidad que le hizo pensar en algún momento que todo aquello era un sueño. Allí cantó ‘a capella’ el himno junto a los 34.000 aficionados que llenaban el estadio. Lo cantaron 34.000 gargantas, pero Carlitos siempre pensará que él lo cantó más fuerte que nadie.

El partido no transcurría como Carlitos lo había soñado. No transcurría como todos los zaragocistas lo habíamos soñado. Pasaban los minutos y el 0-0, aunque servía para clasificarse para la final, era muy intranquilizador. Carlitos vibraba, animaba, se levantaba de su asiento cada vez que el Zaragoza se acercaba a la portería contraria. Las ocasiones se sucedían, el gol estaba al caer. O eso pensaba Carlitos. Pero lo que cayó fue el gol del Numancia. 0-1 y menos de media hora para la remontada. “No te preocupes, Carlos”, le dijo su padre “Seguro que el Zaragoza marca un gol”… ¡¡Y lo marcó!! ¡¡¡1-1!!! Carlitos saltó, gritó como nunca, se abrazó a su padre e incluso pisó sin querer a un señor mayor que estaba sentado a su derecha. Lo más difícil se había hecho.

Pasaban los minutos y todo apuntaba a que el partido se iría a la prórroga. “¡¡Qué nervioso estoy, pap…”. No llegó a terminar la frase. No pudo terminarla. En aquel momento Diamanka cabeceaba a puerta y anotaba el 1-2. Carlitos no se lo creía. No quedaba tiempo. Era imposible. El Zaragoza estaba eliminado.

Tres minutos después el árbitro pitaba el final. Pombo, Lasure y Borja Iglesias lloraban en el césped. Carlitos lo hacía en la grada. Su padre intentaba consolarle sin éxito. Pero entonces la grada empezó a cantar el himno. La afición, a pesar del dolor de la derrota, se levantó para apoyar a su equipo. Y Carlitos cantó. Con la voz entrecortada, sí… pero cantó. Cantó todavía más fuerte de lo que lo había hecho dos horas antes, cuando el partido aún no había comenzado.

Y el señor mayor que estaba sentado a su derecha, ése al que había pisado poco antes al celebrar el gol del empate, le dijo cuando terminó de cantar: “Ánimo, chaval. Dentro de poco, tus lágrimas se convertirán en sonrisas. Yo he vivido muchas victorias de nuestro equipo. Tu vivirás muchas más. Zaragoza nunca se rinde. Y un zaragocista tampoco.”

Carlitos regresó a su pueblo de Cantabria pensando en estas palabras. Triste por la derrota, pero convencido de que pronto volvería a La Romareda y de que, esta vez sí, sería para celebrar el ascenso.

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